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Soy Diego Dumont, especialista en comercio exterior. Mi trabajo es conectar lo que pasa en el mundo con lo que termina pasando en la economía argentina y en la vida concreta de las personas: desde las decisiones de una empresa hasta las de la tía Marta del barrio María Selva. Soy Contador Público Nacional (UNL), especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Dirijo DMF Comercio Exterior, soy inversor profesional (ICB) y desde hace más de veinte años acompaño a empresas en decisiones de importación y exportación. Escribí tres libros sobre comercio internacional y soy columnista en El Cronista y LT10 (ex La Nación). Mi frase preferida: “No te des por vencido ni aun vencido porque sino viene un chino y te mete en la heladera”. ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont

domingo, 3 de mayo de 2026

El acuerdo UE–Mercosur ya rige pero nadie sabe usarlo

 

Artículo publicado el día de hoy en El Cronista,


Desde hoy, 4 de mayo, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur empezó a regir en la práctica. El comercio empieza a moverse bajo nuevas reglas. Se trata de uno de los hitos más importantes del Mercosur y en particular, del comercio exterior argentino en décadas, una puerta abierta a un mercado de alto poder adquisitivo que promete oportunidades enormes.

Pero hay un problema que todavía no se está diciendo con la suficiente claridad —y que en los próximos meses puede marcar ganadores y perdedores—: para la mayoría de las pymes argentinas, el acuerdo hoy es, en la práctica, muy difícil de usar.

Durante años, la discusión giró alrededor de los aranceles. Cuánto bajan, en qué plazos, qué sectores se benefician. Esa es la parte visible, la que entra en los titulares. Pero la experiencia internacional y la propia letra del acuerdo muestran otra cosa: el verdadero partido no se juega ahí. Se juega en la capacidad concreta de las empresas para entender, cumplir y operar dentro de un entramado técnico mucho más complejo. En otras palabras, el negocio ya no es exportar. El negocio es lograr entrar.

El propio acuerdo reconoce esta dificultad. No es casual que incluya un capítulo específico dedicado a las pequeñas y medianas empresas, donde se admite que los obstáculos no arancelarios —normas técnicas, requisitos sanitarios, burocracia y falta de información— pesan mucho más sobre ellas que sobre las grandes compañías. Sobre el papel, el diseño es potente: se prevén plataformas digitales, bases de datos por posición arancelaria, coordinadores institucionales y mecanismos de asistencia. Un verdadero “manual de usuario” para que las pymes puedan aprovechar el acuerdo.

El problema es que ese manual, hoy, no existe en la práctica.

Los países del Mercosur tienen hasta tres años para implementar esas herramientas. Es decir, el acuerdo ya está vigente, pero las condiciones para usarlo de manera efectiva todavía no están operativas. Y hay un detalle no menor: este capítulo no tiene mecanismos de sanción. Depende de la voluntad política y de la capacidad técnica de cada país.

La metáfora es simple: es como tener un auto 0 km en la puerta de tu casa… pero sin nafta. El vehículo está. El mercado europeo está. Pero para una pyme, la nafta es otra cosa: entender reglas de origen, cumplir estándares sanitarios y ambientales, interpretar requisitos técnicos, navegar certificaciones y acceder a información confiable. Sin eso, el auto no arranca.

Y acá aparece el verdadero riesgo del acuerdo. Para una multinacional, todo esto es un costo más. Para una pyme, puede ser directamente una barrera de entrada. Si no se acelera la construcción de estos instrumentos, el acuerdo puede terminar generando el efecto contrario al buscado: ampliar la brecha entre quienes ya exportan y quienes todavía no logran hacerlo.

Porque además hay algo que el timing económico no perdona: el que llega primero, gana. Las empresas que logran entender rápido las reglas capturan mercado, construyen relaciones comerciales y consolidan posiciones. Las que llegan tarde, muchas veces encuentran un terreno ocupado.

Y lo más delicado es que, incluso para quienes ya están en comercio exterior, hoy hay más preguntas que respuestas. Basta con bajar al terreno operativo para encontrar un nivel de incertidumbre que no condice con un acuerdo que ya empezó a regir.

No está claro, por ejemplo, cómo se implementarán las posiciones arancelarias en el Sistema María considerando que el acuerdo trabaja con nomenclaturas anteriores; tampoco cómo se distribuirán los cupos dentro del Mercosur, lo que abre la puerta a un esquema de hecho basado en el orden de llegada: al no haber cupos asignados en casi la totalidad de las mercaderías  la situación se asemeja a un cupo único a nivel bloque con competencia interna de todos sus exportadores. Existen dudas sobre qué se considerará “paquetes pequeños” para eximir declaraciones de origen, sobre si se permitirá la facturación por terceros —una práctica habitual en otros acuerdos—, o sobre qué criterios utilizarán las aduanas para activar controles bajo la figura de “pequeñas discrepancias”.

A esto se suman interrogantes operativos sensibles: si se podrán nacionalizar mercaderías bajo garantía cuando un cupo esté agotado, cómo se interpretarán los “errores de forma obvios” en la documentación sin perder el beneficio arancelario, y, en un plano más estructural, qué nivel de estabilidad jurídica real tiene el acuerdo mientras sigue bajo revisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Nada de esto es menor. Todo esto define si una operación se concreta o no.

Por eso, la discusión ya no pasa por si el acuerdo es bueno o malo. La discusión real es quién está en condiciones de usarlo desde hoy. Porque en teoría el acuerdo abre oportunidades para todos, pero en la práctica no todos están en condiciones de aprovecharlas.

El capítulo de pymes es un reconocimiento explícito de un problema estructural del comercio exterior argentino: su concentración en pocos jugadores y la dificultad del interior productivo para insertarse en el mundo. Pero reconocer el problema no lo resuelve. La clave está en la implementación, y esa implementación todavía está en deuda.

El acuerdo UE–Mercosur abre una puerta enorme. Pero que la puerta esté abierta no significa que todos puedan cruzarla. Para eso hace falta algo más que una baja de aranceles: hace falta información, capacitación, acompañamiento y reglas que funcionen en la práctica. Hace falta, en definitiva, cargarle nafta al sistema.

 


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