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Soy Contador Público Nacional (UNL), Especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Me desempeño como inversor profesional (ICB) y soy titular de DMF Comercio Exterior. Escribí tres libros que buscan, sobre todo, insertar personas y empresas en la exportación: Teoría y Práctica de la Exportación por Cuenta y Orden de Terceros (Ed. Librería Cívica, 2013). Comercio Exterior para No Especialistas (Ed. Tarifar, 2015). Exportación por Cuenta y Orden de Terceros: lo que necesitás saber (Ed. Tarifar, 2020). Combino mi trabajo profesional con la docencia en carreras de grado y posgrado en universidades nacionales, además de seminarios en instituciones intermedias de todo el país y capacitaciones in company para empresas. Participo habitualmente en medios de comunicación con columnas especializadas; actualmente soy columnista en El Cronista (ex La Nación). Vivo mi trabajo como una pasión, aunque lo más importante siempre está fuera de él. Mi frase preferida: “Nunca te des por vencido, porque si lo hacés, viene un chino y te mete en la góndola de los lácteos.” ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont

jueves, 19 de febrero de 2026

FATE, la vieja tentación de cerrar y el costo invisible de proteger

 

En Argentina cada vez que una fábrica anuncia suspensiones o cierre el reflejo es inmediato: “son las importaciones”. El caso de FATE volvió a activar ese mecanismo automático. Es cierto que las importaciones aumentaron: entre 2023 y 2025 crecieron 27% en cantidad y, en neumáticos, prácticamente se duplicaron. También es cierto que tenemos cerca de un millón de desocupados, con una tasa del 7,7% según el INDEC, y que si sumamos subocupación y personas que buscan trabajar más horas la presión laboral ronda el 30%. El cuadro social es delicado. Pero de ahí a concluir que todo cierre es culpa de las importaciones hay un salto que no resiste demasiado análisis.

Argentina arrastra problemas más profundos que un contenedor que entra por el puerto. Falta de competitividad sistémica, costos logísticos elevados, presión tributaria alta, financiamiento caro, inestabilidad macroeconómica y una economía que no termina de despegar. Las empresas operan con márgenes ajustados en un contexto que aprieta por todos lados. En ese escenario, cuando el consumo no crece y la productividad no mejora, cualquier shock externo se vuelve más visible. Pero el origen no siempre está afuera.

Si efectivamente hubiera un aumento significativo de importaciones que causara o amenazara causar un daño grave a toda la rama industrial (Fate no es la única fábrica de neumáticos en el país)—no a una empresa aislada— el Estado dispone de instrumentos previstos en la OMC, como las salvaguardias. Son medidas temporales, excepcionales, con plazo máximo inicial de cuatro años y eventualmente prorrogables hasta ocho, que deben revisarse y liberalizarse progresivamente. No son un cierre permanente de la economía sino una muleta transitoria para facilitar el ajuste. Si no se recurre siquiera a ese mecanismo y la decisión es directamente bajar la persiana, tal vez el problema sea más estructural que coyuntural.

En paralelo, suele instalarse el discurso del “compre nacional” como si defender producción a cualquier costo fuera siempre la respuesta correcta. Pero en la otra punta del ovillo están los consumidores, que muchas veces pagan precios tres o cuatro veces superiores al internacional. Nadie quiere trabajadores en la calle ni familias angustiadas. Pero cuando para sostener un sector obligamos a millones de personas a pagar sobreprecios permanentes, la economía en su conjunto pierde eficiencia. El empleo que se preserva debería al menos compensar el empleo potencial que podría generarse si ese sobrecosto quedara en el bolsillo de los consumidores y se volcara a otras actividades. Si no, estamos redistribuyendo mal y frenando crecimiento.

La discusión además suele cargarse de comparaciones simplistas. Se repite que “Estados Unidos se cierra y nosotros nos abrimos”. Es una falacia. El Mercosur tiene un arancel externo común promedio cercano al 14%, históricamente alto. Estados Unidos fue durante décadas una de las economías más abiertas, con aranceles promedio cercanos al 2%, y aun con los aumentos recientes sus niveles convergen hacia cifras parecidas a las nuestras, no muy superiores. No estamos frente a una economía ingenuamente abierta contra otra blindada; estamos discutiendo márgenes de política comercial dentro de un mundo donde todos ajustan.

La economía política ayuda a entender por qué el debate se repite. Anne Krueger explicó en “The Rent-Seeking Society” que cuando el Estado crea barreras artificiales aparecen grupos organizados cuyo negocio deja de ser competir y pasa a ser capturar renta. No invierten para ser mejores; invierten en lobby para mantener privilegios. Argentina vivió años de importaciones cerradas donde florecieron estas conductas: pocos ganaban mucho, millones pagaban poco cada uno, pero en conjunto pagaban demasiado.

La caricatura histórica es brutal. En los años 70 la Cámara Argentina de la Industria Electrónica llegó a pedir que no se introdujera la televisión en color para proteger la producción local. Esa lógica es la que Krueger advertía: cuando la política comercial se convierte en herramienta de renta, la sociedad pierde dinamismo y crecimiento.

Nada de esto implica ignorar el impacto humano. Las transformaciones económicas no pueden desentenderse de las personas. Un gobierno que desregula debería, al mismo tiempo, impulsar programas de reconversión productiva y capacitación laboral. No se trata de abandonar sectores de un día para otro, sino de acompañar transiciones hacia actividades más sostenibles en el tiempo.

El caso FATE no debería convertirse en un eslogan a favor o en contra de las importaciones. Debería servir para discutir algo más profundo: cómo construir competitividad real, cómo repartir mejor los costos de las transiciones y cómo evitar que la protección se transforme en renta permanente. Porque sin reformas estructurales, el problema persiste,


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