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Soy Diego Dumont, especialista en comercio exterior. Mi trabajo es conectar lo que pasa en el mundo con lo que termina pasando en la economía argentina y en la vida concreta de las personas: desde las decisiones de una empresa hasta las de la tía Marta del barrio María Selva. Soy Contador Público Nacional (UNL), especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Dirijo DMF Comercio Exterior, soy inversor profesional (ICB) y desde hace más de veinte años acompaño a empresas en decisiones de importación y exportación. Escribí tres libros sobre comercio internacional y soy columnista en El Cronista y LT10 (ex La Nación). Mi frase preferida: “No te des por vencido ni aun vencido porque sino viene un chino y te mete en la heladera”. ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont
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jueves, 11 de junio de 2026

Columna de hoy en El Cronista 11.06.2026 . Arranca el Mundial de Fútbol 2026 y la economía anticipa una final inédita: ¿quién gana?




Recuerdo en 2014 una llamativa infografía publicada por el South China Morning Post, bajo el título “We are the Champions”. En ella se podía ver una cancha brasileña y sus alrededores, y todo lo coloreado en rojo furioso había sido producido por China. El impacto visual era notable, desde colectivos híbridos, subtes y sistemas de telecomunicaciones, hasta aires acondicionados de los estadios, escáners de ingresos, pelucas, banderas, bufandas, gorros, vinchas y bengalas. También souvenirs, sistemas fotovoltaicos, la ropa de los jugadores, réferis y jueces de línea, la pelota y el Fuleco que fuera la mascota del mundial. Aquel análisis, que el recordado economista y periodista Marcelo Zlotogwiazda tradujo con lucidez para el público argentino, demostraba una tesis implacable: la selección de China podía no clasificar al torneo, pero su maquinaria industrial ya se había coronado campeona antes del puntapié inicial.

Según la Organización Mundial del Comercio, se espera que el torneo genere alrededor de 80.000 millones de dólares en producción económica mundial, incluyendo aproximadamente 30.500 millones de dólares en contribuciones al PIB de Estados Unidos.  Me preguntaba antes de escribir esta columna qué sería de este mundial en particular. Sobre todo a partir de una guerra comercial, justamente entre China, la gran fábrica mundial, y Estados Unidos (uno de los tres organizadores del Mundial 2026 junto a México y Canadá) y primera economía del planeta.

Puntos a favor de China:

1.     Merchandising: Según el South China Morning Post[1], la ciudad de Yiwu, epicentro mundial de pequeños productos,  se consolida como nodo clave del merchandising , acaparando un impactante 70% de la cuota de mercado global de productos vinculados al torneo. Los productos van desde equipaciones de colores brillantes, camisetas, figuritas, peluches y pulseras, hasta ingeniosos souvenirs adaptados a la cultura pop futbolística como cojines y llaveros de cabras con la camiseta argentina en alusión a Lionel Messi (GOAT). Para dimensionar el colosal impacto económico y la voraz demanda que ya desborda la capacidad de producción de las fábricas (obligándolas a trabajar en dos y tres turnos), el diario destaca cifras contundentes: las exportaciones de artículos deportivos de Yiwu registraron un crecimiento del 20,3% el año pasado superando los 11.650 millones de yuanes (unos 1.600 millones de dólares), mientras que solo en el primer trimestre de este año escalaron un 12% adicional, consolidando un negocio donde los comerciantes locales reportan picos de aumento en sus ventas de hasta un 25% mensual en la víspera de la primera Copa del Mundo.

2.     China está en los sponsors : El mundial cuenta con Lenovo como sponsor de primer nivel, y Mengniu e Hisense como sponsors de segundo nivel. Esto es clave: China no solo fabrica, también compra visibilidad global. Este despliegue corporativo mete a Pekín en una pelea directa con Estados Unidos por el control financiero del torneo: en el top de los 8 socios principales de la FIFA (FIFA Partners), China pisa fuerte con una marca frente a las dos estadounidenses (Coca-Cola y Visa); mientras que en el segundo nivel (Sponsors), Washington aprovecha la localía pisando fuerte con marcas como Bank of America, McDonald's, Lay's y Verizon frente a las dos insignias del gigante asiático: Hisense y Mengniu Dairy.

3.     Tecnología: FIFA trabajará con Lenovo en herramientas de IA, avatares 3D y análisis para el Mundial 2026. Es un punto buenísimo para decir que China ya no está solo en el llavero o la bandera: también está en la capa tecnológica del espectáculo. El reporte de The Guardian[2] revela que esta alianza llevará la infraestructura del torneo a un nivel futurista, utilizando inteligencia artificial para generar avatares hiperrealistas en 3D de los jugadores en tiempo real. Estas réplicas digitales exactas se usarán de forma integrada con el VAR para automatizar y acelerar las decisiones de fuera de juego, permitiendo recrear las jugadas dudosas al instante y con precisión milimétrica. De este modo, el gigante asiático ya no solo domina la manufactura física de los estadios, sino que se mete de lleno en el cerebro digital del arbitraje y en la experiencia de transmisión de la Copa del Mundo, demostrando que su influencia en 2026 es tan virtual como absoluta.

Contrapuntos:

1.     La pelota oficial 2026 es la Adidas Trionda. Está producida por Forward Sports, en Sialkot, Pakistán, la misma zona industrial que ya fabricó pelotas mundialistas anteriores[3].

2.     Infraestructura 2026:  A diferencia de Qatar 2022, donde hubo una fuerte presencia china en proyectos emblemáticos como el Estadio Lusail y parte de la infraestructura asociada al torneo, el Mundial 2026 muestra un escenario diferente. Un informe de la revista especializada Engineering News-Record (ENR) [4].destaca que las principales adecuaciones de los estadios de Estados Unidos, Canadá y México están siendo lideradas por firmas norteamericanas de arquitectura, ingeniería y gestión de proyectos. Entre ellas sobresale Gensler, involucrada en múltiples sedes del torneo, y Populous, responsable de diversos trabajos de diseño y modernización en estadios que recibirán partidos mundialistas. El reporte también señala que las obras se concentran mayormente en remodelaciones, ampliaciones temporales, adaptación de campos de juego, mejoras tecnológicas y nuevas áreas de hospitalidad, en lugar de la construcción de grandes estadios desde cero. Incluso en recintos icónicos como el Estadio Banorte (ex Azteca), las inversiones están enfocadas en la renovación de instalaciones existentes, nuevas superficies de juego, iluminación y espacios para espectadores. En conjunto, el panorama refleja un Mundial apoyado principalmente en infraestructura ya desarrollada y en proveedores occidentales, con una presencia china mucho menos visible que la observada en Qatar 2022.

3.     Transporte, bajo la lupa: Reuters [5]publicó que el Mundial 2026 será una prueba de fuego sin precedentes para los sistemas de tránsito de Norteamérica, obligando a cooperar a operadores como Amtrak, FlixBus, Greyhound, LA Metro y NJ Transit para mover a millones de fanáticos en ciudades diseñadas para el automóvil. El foco acá no es "China construyó la red de transporte", sino cómo la infraestructura urbana del anfitrión queda bajo un severo examen global. Mientras que en mundiales anteriores las potencias asiáticas lucieron trenes bala y flotas de última generación listas para usar, Estados Unidos enfrenta el torneo con cuellos de botella históricos, escasez de conductores y la urgente necesidad de demostrar que sus autobuses y líneas ferroviarias locales pueden estar a la altura del evento deportivo más grande de la historia.

FIFA cerró el acuerdo de transmisión con China Media Group apenas 27 días antes del inicio del torneo. Aunque la FIFA buscaba inicialmente 300 millones de dólares, el valor reportado para 2026 terminó cerca de los 60 millones. Este drástico recorte funciona como el contrapunto perfecto: demuestra que, a pesar de su abrumadora presencia en el comercio y el patrocinio, China sigue siendo un país con poco arraigo futbolístico que se niega a pagar sobreprecios. El gigante asiático es un mercado clave, pero ya no negocia pasivamente; prefiere imponer su propio peso financiero antes que ceder a las exigencias de la FIFA[6].

 

Conclusión. El verdadero tablero macroeconómico

Los cambios en la geopolítica global se sienten con fuerza en la Copa del Mundo 2026. A diferencia de las ediciones anteriores en Brasil, Rusia y Qatar, donde Pekín avanzaba sin resistencia, hoy asistimos a un escenario de fuerzas en disputa. Estados Unidos saca chapa de anfitrión y le plantea un duro contrapunto a China: cerró filas en la obra pública protegiendo a sus constructoras, blindó el transporte local y recuperó terreno en el segundo nivel de patrocinio.

Al final del día, el negocio del Mundial funciona como un fiel reflejo de la transición del poder económico global: un tablero donde conviven dos realidades paralelas. Por un lado, Estados Unidos y sus socios exhiben el escenario de consumo y un Producto Bruto Interno (PBI) nominal que aún lidera los ránkings tradicionales (rozando los 29 billones de dólares frente a los 19 billones de China). Por el otro, el gigante asiático domina el subsuelo productivo, el merchandising masivo de Yiwu y la sofisticada capa de Inteligencia Artificial del torneo. Esta tensión tiene una explicación macroeconómica rigurosa: medido por Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) —el indicador que mide la producción real de las economías—, China ya es la mayor potencia del planeta y, según la World Economic League Table, desplazará a Washington también en términos nominales en la próxima década. En 2026, la Copa del Mundo no tiene un ganador absoluto en los despachos; se juega un empate técnico entre el músculo financiero de Washington y la omnipresencia productiva de Pekín. Yo te avisé..


https://www.cronista.com/economia-politica/arranca-el-mundial-de-futbol-2026-y-la-economia-anticipa-una-final-inedita-quien-gana/

domingo, 3 de mayo de 2026

El acuerdo UE–Mercosur ya rige pero nadie sabe usarlo

 

Artículo publicado el día de hoy en El Cronista,


Desde hoy, 4 de mayo, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur empezó a regir en la práctica. El comercio empieza a moverse bajo nuevas reglas. Se trata de uno de los hitos más importantes del Mercosur y en particular, del comercio exterior argentino en décadas, una puerta abierta a un mercado de alto poder adquisitivo que promete oportunidades enormes.

Pero hay un problema que todavía no se está diciendo con la suficiente claridad —y que en los próximos meses puede marcar ganadores y perdedores—: para la mayoría de las pymes argentinas, el acuerdo hoy es, en la práctica, muy difícil de usar.

Durante años, la discusión giró alrededor de los aranceles. Cuánto bajan, en qué plazos, qué sectores se benefician. Esa es la parte visible, la que entra en los titulares. Pero la experiencia internacional y la propia letra del acuerdo muestran otra cosa: el verdadero partido no se juega ahí. Se juega en la capacidad concreta de las empresas para entender, cumplir y operar dentro de un entramado técnico mucho más complejo. En otras palabras, el negocio ya no es exportar. El negocio es lograr entrar.

El propio acuerdo reconoce esta dificultad. No es casual que incluya un capítulo específico dedicado a las pequeñas y medianas empresas, donde se admite que los obstáculos no arancelarios —normas técnicas, requisitos sanitarios, burocracia y falta de información— pesan mucho más sobre ellas que sobre las grandes compañías. Sobre el papel, el diseño es potente: se prevén plataformas digitales, bases de datos por posición arancelaria, coordinadores institucionales y mecanismos de asistencia. Un verdadero “manual de usuario” para que las pymes puedan aprovechar el acuerdo.

El problema es que ese manual, hoy, no existe en la práctica.

Los países del Mercosur tienen hasta tres años para implementar esas herramientas. Es decir, el acuerdo ya está vigente, pero las condiciones para usarlo de manera efectiva todavía no están operativas. Y hay un detalle no menor: este capítulo no tiene mecanismos de sanción. Depende de la voluntad política y de la capacidad técnica de cada país.

La metáfora es simple: es como tener un auto 0 km en la puerta de tu casa… pero sin nafta. El vehículo está. El mercado europeo está. Pero para una pyme, la nafta es otra cosa: entender reglas de origen, cumplir estándares sanitarios y ambientales, interpretar requisitos técnicos, navegar certificaciones y acceder a información confiable. Sin eso, el auto no arranca.

Y acá aparece el verdadero riesgo del acuerdo. Para una multinacional, todo esto es un costo más. Para una pyme, puede ser directamente una barrera de entrada. Si no se acelera la construcción de estos instrumentos, el acuerdo puede terminar generando el efecto contrario al buscado: ampliar la brecha entre quienes ya exportan y quienes todavía no logran hacerlo.

Porque además hay algo que el timing económico no perdona: el que llega primero, gana. Las empresas que logran entender rápido las reglas capturan mercado, construyen relaciones comerciales y consolidan posiciones. Las que llegan tarde, muchas veces encuentran un terreno ocupado.

Y lo más delicado es que, incluso para quienes ya están en comercio exterior, hoy hay más preguntas que respuestas. Basta con bajar al terreno operativo para encontrar un nivel de incertidumbre que no condice con un acuerdo que ya empezó a regir. 

En las últimas horas, el Gobierno dio un paso en la dirección correcta: lanzó una guía digital en el portal de la Ventanilla Única de Comercio Exterior (VUCE), con información sobre aranceles, cuotas, reglas de origen y cronogramas de desgravación. Es, sin dudas, una herramienta valiosa. Permite traducir parte del acuerdo —que es técnicamente complejo y de enorme extensión— en información más accesible para exportadores e importadores. Ahora bien, conviene decirlo con claridad: esto es condición necesaria, pero no suficiente.

No está claro, por ejemplo, cómo se implementarán las posiciones arancelarias en el Sistema María considerando que el acuerdo trabaja con nomenclaturas anteriores; tampoco cómo se distribuirán los cupos dentro del Mercosur, lo que abre la puerta a un esquema de hecho basado en el orden de llegada: al no haber cupos asignados en casi la totalidad de las mercaderías  la situación se asemeja a un cupo único a nivel bloque con competencia interna de todos sus exportadores. Existen dudas sobre qué se considerará “paquetes pequeños” para eximir declaraciones de origen, sobre si se permitirá la facturación por terceros —una práctica habitual en otros acuerdos—, o sobre qué criterios utilizarán las aduanas para activar controles bajo la figura de “pequeñas discrepancias”.

A esto se suman interrogantes operativos sensibles: si se podrán nacionalizar mercaderías bajo garantía cuando un cupo esté agotado, cómo se interpretarán los “errores de forma obvios” en la documentación sin perder el beneficio arancelario, y, en un plano más estructural, qué nivel de estabilidad jurídica real tiene el acuerdo mientras sigue bajo revisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Nada de esto es menor. Todo esto define si una operación se concreta o no.

Por eso, la discusión ya no pasa por si el acuerdo es bueno o malo. La discusión real es quién está en condiciones de usarlo desde hoy. Porque en teoría el acuerdo abre oportunidades para todos, pero en la práctica no todos están en condiciones de aprovecharlas.

El capítulo de pymes es un reconocimiento explícito de un problema estructural del comercio exterior argentino: su concentración en pocos jugadores y la dificultad del interior productivo para insertarse en el mundo. Pero reconocer el problema no lo resuelve. La clave está en la implementación, y esa implementación todavía está en deuda.

El acuerdo UE–Mercosur abre una puerta enorme. Pero que la puerta esté abierta no significa que todos puedan cruzarla. Para eso hace falta algo más que una baja de aranceles: hace falta información, capacitación, acompañamiento y reglas que funcionen en la práctica. Hace falta, en definitiva, cargarle nafta al sistema.

 


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