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Soy Diego Dumont, especialista en comercio exterior. Mi trabajo es conectar lo que pasa en el mundo con lo que termina pasando en la economía argentina y en la vida concreta de las personas: desde las decisiones de una empresa hasta las de la tía Marta del barrio María Selva. Soy Contador Público Nacional (UNL), especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Dirijo DMF Comercio Exterior, soy inversor profesional (ICB) y desde hace más de veinte años acompaño a empresas en decisiones de importación y exportación. Escribí tres libros sobre comercio internacional y soy columnista en El Cronista y LT10 (ex La Nación). Mi frase preferida: “No te des por vencido ni aun vencido porque sino viene un chino y te mete en la heladera”. ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont
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lunes, 23 de febrero de 2026

La Guerra comercial ...después del revés a Trump


Cuando escribí el análisis sobre el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que limitaba los aranceles globales impulsados por Donald Trump, la discusión parecía encaminarse hacia un punto institucional: si el Presidente podía o no utilizar la política comercial como si fuera una herramienta fiscal sin intervención del Congreso.

Sin embargo, el fin de semana mostró algo todavía más relevante. El conflicto no terminó: cambió de plano.

La Corte sostuvo que el Poder Ejecutivo no puede imponer aranceles amplios invocando una “emergencia económica”, porque en los hechos funcionan como un impuesto. En cualquier democracia constitucional, los impuestos corresponden al Poder Legislativo. Pero lejos de retroceder, la reacción política fue inmediata: Trump elevó el arancel global del 10% al 15% y comenzó a buscar nuevos encuadres legales para sostener su política comercial.

En otras palabras, la discusión dejó de ser jurídica y pasó a ser estratégica.

Estados Unidos confirmó que mantendrá sus acuerdos comerciales con la Unión Europea, China y otros socios, pero la suba de aranceles reintrodujo incertidumbre global. El mensaje es claro: aun con límites judiciales, la política comercial seguirá siendo un instrumento central de negociación internacional.

El problema es que el mundo actual no funciona como el del siglo XX. Hoy la producción está fragmentada en cadenas globales de valor. Un producto no pertenece a un país: pertenece a una red. Un avión comercial, por ejemplo, tiene millones de piezas fabricadas por miles de empresas distribuidas en todo el mundo. Subir aranceles no solo afecta a los exportadores extranjeros: encarece los insumos de la propia industria doméstica.

Eso ya empezó a verse. Varias economías asiáticas reaccionaron con cautela, empresas adelantaron exportaciones por temor a nuevas subas y los inversores volvieron a operar con incertidumbre. La política comercial dejó de ser una barrera: pasó a ser una variable financiera.

Un dato interesante surge de los primeros análisis internacionales: el arancel uniforme del 15% podría perjudicar más a los aliados históricos de Estados Unidos —Europa, Japón o el Reino Unido— que a países que ya enfrentaban tarifas elevadas. Paradójicamente, quienes antes pagaban aranceles muy altos ahora ven reducida su brecha relativa, mientras que quienes comerciaban con menores barreras pasan a soportar mayores costos.

Pero para la Argentina la cuestión es todavía más directa.

El reciente Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos con Estados Unidos se apoyaba en la previsibilidad de ese esquema arancelario. Incluía rebajas importantes —incluso la posibilidad de llevar a 0% más de 1.600 posiciones— y un techo cercano al 10%. Al declararse ilegales los aranceles que servían como base jurídica y elevarse simultáneamente el gravamen general al 15%, los beneficios potenciales entran en zona gris: podrían requerir renegociación o, en algunos casos, terminar siendo menos favorables de lo previsto.

La conclusión es importante.
El comercio internacional no está volviendo al proteccionismo clásico. Está entrando en algo distinto: un sistema donde los aranceles funcionan como herramienta de negociación geopolítica.

Y ese es el verdadero cambio.

Para países como Argentina, esto implica algo concreto: ya no alcanza con analizar precios o tipo de cambio. La inserción internacional depende cada vez más de entender la política global.





viernes, 20 de febrero de 2026

Trump contra la Constitución: la Corte le frenó la guerra comercial


La Corte Suprema de los Estados Unidos declaró ilegales los aranceles globales que Donald Trump había impuesto invocando una “emergencia económica”. El mensaje institucional es potente: en Estados Unidos, cerrar la economía no depende solo de la voluntad del presidente. Si un arancel es, en los hechos, un impuesto, debe pasar por el Congreso.

Trump ya respondió que firmará una orden para aplicar un arancel global del 10% bajo la Sección 122 y activar investigaciones bajo la Sección 301. Es decir: la batalla política continúa. Pero el fallo limita el uso expansivo de la IEEPA (International Emergency Economic Powers Act), pensada históricamente para sanciones puntuales —como el bloqueo de activos a Irán—, no para rediseñar todo el régimen arancelario.


Para entender cómo llegamos hasta acá hay que mirar el contexto. Estados Unidos arrastra un déficit comercial persistente. Pero ese rojo no es necesariamente debilidad: es la contracara del rol del dólar como moneda de reserva global. El mundo necesita dólares; Estados Unidos los provee importando más de lo que exporta y financiándose en su propia moneda. Ese “señoreaje” —emitir una moneda que todos demandan— es un privilegio estructural. 


Sin embargo, políticamente el déficit luce como pérdida. Y allí aparece Trump. Los aranceles se dispararon a niveles que superaron incluso los de la década del 30. En abril, con el anuncio de aranceles “recíprocos” del 10% para todos los países y tasas que en algunos casos superaron el 140% sobre bienes chinos, el mundo entró en lógica de guerra comercial.

El problema es que la economía global ya no funciona como en tiempos de David Ricardo. Paul Krugman habla de “desintegración vertical”: las cadenas globales de valor fragmentan la producción. Un avión puede tener millones de piezas fabricadas por cientos de empresas en distintos países. Subir aranceles no solo encarece el bien final importado; también encarece insumos que usan productores domésticos. Tras el 2 de abril, los precios de bienes importados subieron… y los domésticos también. Parte por mayores costos; parte porque, sin competencia externa, el productor local tiene margen para remarcar.

En el medio, el apodo TACO (“Trump Always Chickens Out”) reflejaba las idas y vueltas: anuncio, pausa, reinstauración, excepción, ampliación. México, Canadá, China, acero, aluminio. La montaña rusa regulatoria fue tan relevante como el nivel de los aranceles.

Lo inesperado fue la reacción del mercado. El S&P 500 cayó casi 19% entre febrero y abril, pero luego se recuperó con fuerza. Los inversores apostaron a que la Reserva Federal bajaría tasas —con inflación en torno al 3% y objetivo del 2%— para evitar una desaceleración brusca. Y la liquidez hizo el resto. Incluso en guerra comercial, Estados Unidos siguió siendo refugio.


Un artículo de Greg Ip en The Wall Street Journal planteó una tesis incómoda: bajo su propia definición, Trump estaba “ganando”. Logró que el arancel promedio pasara de menos de 2% a cerca de 13%, recaudó miles de millones y no enfrentó represalias devastadoras. China incluso anunció una tregua parcial y reanudó compras agrícolas estratégicas.

Trump entendió algo real: la política comercial es poder. Y, como explica en The Art of the Deal, su lógica es presionar primero y negociar después. Para él, los aranceles no son un fin en sí mismo sino una herramienta de negociación, una forma de sentarse a la mesa desde la fuerza. Avanzar y retroceder, no es contradicción: es parte del método. Generar presión, crear incertidumbre, forzar al otro a moverse primero.

Lo que cambió ahora no es la estrategia, sino el marco. La Justicia dejó claro que en Estados Unidos incluso la guerra comercial tiene límites constitucionales. Que invocar una “emergencia” no habilita a rediseñar el sistema arancelario sin el Congreso. Que si el arancel funciona como impuesto, debe pasar por el Poder Legislativo.

Eso no significa que los aranceles desaparezcan. Significa que el margen de maniobra unilateral se achica. Y tratándose de Trump, eso no implica retirada: implica nuevo capítulo.

Para Argentina —que tiene a Estados Unidos como socio comercial clave junto con Brasil y China— lo que ocurra en Washington no es un debate académico. Es parte del escenario en el que vendemos, compramos y nos financiamos.

La guerra comercial no terminó. Pero quedó claro que el presidente no es el único jugador en la mesa. En la lógica de Trump, la negociación continúa. En la lógica institucional estadounidense, el poder tiene contrapesos.

Como en las películas: continuará.

 


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