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Soy Contador Público Nacional (UNL), Especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Me desempeño como inversor profesional (ICB) y soy titular de DMF Comercio Exterior. Escribí tres libros que buscan, sobre todo, insertar personas y empresas en la exportación: Teoría y Práctica de la Exportación por Cuenta y Orden de Terceros (Ed. Librería Cívica, 2013). Comercio Exterior para No Especialistas (Ed. Tarifar, 2015). Exportación por Cuenta y Orden de Terceros: lo que necesitás saber (Ed. Tarifar, 2020). Combino mi trabajo profesional con la docencia en carreras de grado y posgrado en universidades nacionales, además de seminarios en instituciones intermedias de todo el país y capacitaciones in company para empresas. Participo habitualmente en medios de comunicación con columnas especializadas; actualmente soy columnista en El Cronista (ex La Nación). Vivo mi trabajo como una pasión, aunque lo más importante siempre está fuera de él. Mi frase preferida: “Nunca te des por vencido, porque si lo hacés, viene un chino y te mete en la góndola de los lácteos.” ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont

viernes, 20 de febrero de 2026

Trump contra la Constitución: la Corte le frenó la guerra comercial


La Corte Suprema de los Estados Unidos declaró ilegales los aranceles globales que Donald Trump había impuesto invocando una “emergencia económica”. El mensaje institucional es potente: en Estados Unidos, cerrar la economía no depende solo de la voluntad del presidente. Si un arancel es, en los hechos, un impuesto, debe pasar por el Congreso.

Trump ya respondió que firmará una orden para aplicar un arancel global del 10% bajo la Sección 122 y activar investigaciones bajo la Sección 301. Es decir: la batalla política continúa. Pero el fallo limita el uso expansivo de la IEEPA (International Emergency Economic Powers Act), pensada históricamente para sanciones puntuales —como el bloqueo de activos a Irán—, no para rediseñar todo el régimen arancelario.


Para entender cómo llegamos hasta acá hay que mirar el contexto. Estados Unidos arrastra un déficit comercial persistente. Pero ese rojo no es necesariamente debilidad: es la contracara del rol del dólar como moneda de reserva global. El mundo necesita dólares; Estados Unidos los provee importando más de lo que exporta y financiándose en su propia moneda. Ese “señoreaje” —emitir una moneda que todos demandan— es un privilegio estructural. 


Sin embargo, políticamente el déficit luce como pérdida. Y allí aparece Trump. Los aranceles se dispararon a niveles que superaron incluso los de la década del 30. En abril, con el anuncio de aranceles “recíprocos” del 10% para todos los países y tasas que en algunos casos superaron el 140% sobre bienes chinos, el mundo entró en lógica de guerra comercial.

El problema es que la economía global ya no funciona como en tiempos de David Ricardo. Paul Krugman habla de “desintegración vertical”: las cadenas globales de valor fragmentan la producción. Un avión puede tener millones de piezas fabricadas por cientos de empresas en distintos países. Subir aranceles no solo encarece el bien final importado; también encarece insumos que usan productores domésticos. Tras el 2 de abril, los precios de bienes importados subieron… y los domésticos también. Parte por mayores costos; parte porque, sin competencia externa, el productor local tiene margen para remarcar.

En el medio, el apodo TACO (“Trump Always Chickens Out”) reflejaba las idas y vueltas: anuncio, pausa, reinstauración, excepción, ampliación. México, Canadá, China, acero, aluminio. La montaña rusa regulatoria fue tan relevante como el nivel de los aranceles.

Lo inesperado fue la reacción del mercado. El S&P 500 cayó casi 19% entre febrero y abril, pero luego se recuperó con fuerza. Los inversores apostaron a que la Reserva Federal bajaría tasas —con inflación en torno al 3% y objetivo del 2%— para evitar una desaceleración brusca. Y la liquidez hizo el resto. Incluso en guerra comercial, Estados Unidos siguió siendo refugio.


Un artículo de Greg Ip en The Wall Street Journal planteó una tesis incómoda: bajo su propia definición, Trump estaba “ganando”. Logró que el arancel promedio pasara de menos de 2% a cerca de 13%, recaudó miles de millones y no enfrentó represalias devastadoras. China incluso anunció una tregua parcial y reanudó compras agrícolas estratégicas.

Trump entendió algo real: la política comercial es poder. Y, como explica en The Art of the Deal, su lógica es presionar primero y negociar después. Para él, los aranceles no son un fin en sí mismo sino una herramienta de negociación, una forma de sentarse a la mesa desde la fuerza. Avanzar y retroceder, no es contradicción: es parte del método. Generar presión, crear incertidumbre, forzar al otro a moverse primero.

Lo que cambió ahora no es la estrategia, sino el marco. La Justicia dejó claro que en Estados Unidos incluso la guerra comercial tiene límites constitucionales. Que invocar una “emergencia” no habilita a rediseñar el sistema arancelario sin el Congreso. Que si el arancel funciona como impuesto, debe pasar por el Poder Legislativo.

Eso no significa que los aranceles desaparezcan. Significa que el margen de maniobra unilateral se achica. Y tratándose de Trump, eso no implica retirada: implica nuevo capítulo.

Para Argentina —que tiene a Estados Unidos como socio comercial clave junto con Brasil y China— lo que ocurra en Washington no es un debate académico. Es parte del escenario en el que vendemos, compramos y nos financiamos.

La guerra comercial no terminó. Pero quedó claro que el presidente no es el único jugador en la mesa. En la lógica de Trump, la negociación continúa. En la lógica institucional estadounidense, el poder tiene contrapesos.

Como en las películas: continuará.

 


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