Diego Dumont - Mi Blog de Comercio Exterior
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viernes, 6 de marzo de 2026
Columna Cadena 3 06.03.206 - Efecto Mariposa de la guerra de M. Oriente sobre el comercio
miércoles, 4 de marzo de 2026
Columna El Cronista 04.03.2026. Cómo la guerra en Medio Oriente encarece el comercio y el petróleo: su impacto en Argentina
Columna punlicada en el día de hoy en El Cronista
En 1963, el meteorólogo
estadounidense Edward Lorenz estaba realizando simulaciones climáticas cuando
decidió ahorrar tiempo. Al reingresar un número en su computadora omitió
algunos decimales. Esperaba obtener prácticamente el mismo resultado. Pero ocurrió
algo inesperado: el sistema evolucionó hacia un escenario completamente
distinto.
Ese pequeño episodio dio origen a
lo que hoy conocemos como teoría del caos o “efecto mariposa”. La idea es
simple y poderosa: el aleteo de una mariposa en un lugar del mundo puede
desencadenar efectos del otro lado del planeta.
La economía global funciona de
manera sorprendentemente parecida. Y el comercio marítimo es uno de los mejores
ejemplos. Un conflicto localizado —como el que hoy sacude a Medio Oriente—
puede terminar impactando en el precio del petróleo, en el costo de los fletes
y hasta en las exportaciones argentinas, aunque nuestros barcos jamás pasen por
esa región.
Para entender por qué ocurre,
vale la pena mirar cómo funciona realmente la red marítima mundial.
Primera clave: el comercio
mundial viaja principalmente por mar
La tierra es piedra de color
azul, cantaban Los Piojos, y así es. Más del 80% del comercio mundial por
volumen se transporta en barcos. Desde petróleo y gas hasta autos, alimentos,
maquinaria o electrónica, buena parte de la economía global circula por rutas
marítimas.
Pero lo verdaderamente
interesante no es solo el volumen, sino la forma en que está organizada esa
red. El comercio marítimo no funciona como trayectos aislados entre dos países,
sino como un sistema global de rutas, puertos y barcos que se reconfigura permanentemente.
Segunda clave: un sistema
concentrado en pocos pasos estratégicos
Un estudio reciente de
investigadores de la Universidad of Oxford —publicado en la prestigiosa revista científica Nature Communications
bajo el título “Systemic impacts of disruptions at maritime chokepoints”
(Verschuur, Lumma y Hall, 2025)— analizó la red marítima global y encontró algo
clave: el comercio mundial depende de un número muy reducido de corredores
estratégicos conocidos como “maritime chokepoints”.
Entre ellos se destacan el
Estrecho de Ormuz, el Canal de Suez y Bab el-Mandeb, el Estrecho de Malaca, el
Canal de Panamá y el Estrecho de Gibraltar.
El estudio estima que
interrupciones en estos puntos pueden poner en riesgo hasta unos 190.000
millones de dólares del comercio mundial cada año, porque obligan a desviar
rutas, encarecen los fletes y reducen la capacidad logística del sistema
marítimo global.
Tercera clave: Ormuz, el
cuello de botella energético del planeta
Dentro de esos chokepoints, el
Estrecho de Ormuz ocupa un lugar particularmente sensible.
Por allí circula cerca de una
quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo. Eso significa que
cualquier tensión militar, amenaza de cierre o aumento del riesgo en la zona
tiene consecuencias inmediatas en el mercado energético global.
Incluso antes de un cierre
formal, el simple aumento del riesgo puede provocar que navieras, aseguradoras
y operadores logísticos comiencen a modificar rutas o suspender operaciones.
Cuarta clave: cuando un paso
estratégico se complica, el sistema entero se reorganiza
El trabajo de Oxford muestra que
cuando un chokepoint se vuelve inseguro, la red marítima global suele
reaccionar de tres maneras.
La primera es el desvío de rutas.
Por ejemplo, cuando aumenta el riesgo en el Mar Rojo o en la zona del Canal de
Suez, muchos buques optan por rodear África por el Cabo de Buena Esperanza, lo
que puede agregar entre diez y quince días de navegación.
La segunda es la reconfiguración
logística: más transbordos en puertos intermedios y reorganización de servicios
marítimos.
La tercera es el aumento de
costos. Más distancia recorrida implica más combustible, mayores seguros y
menor disponibilidad efectiva de barcos en el sistema.
El resultado final suele ser el
mismo: fletes más caros y cadenas logísticas más tensas.
Quinta clave: por qué esto
también termina afectando a Argentina
Argentina no depende directamente
del Estrecho de Ormuz. Nuestros barcos no pasan por allí. Pero eso no significa
que estemos aislados de lo que ocurre en esa región.
El transporte marítimo funciona
como una red global interconectada donde las navieras rotan sus buques entre
distintas rutas. Cuando una parte del sistema se vuelve más larga, más cara o
más riesgosa, el efecto se transmite al resto de la red.
En opinión de este autor, ese es
el verdadero canal de transmisión hacia Argentina: el encarecimiento general de
la logística marítima global y la menor disponibilidad de barcos, algo que
termina impactando tanto en nuestras importaciones como en nuestras
exportaciones.
Un contenedor que viaja desde
Asia hacia Sudamérica puede volverse más caro aunque nunca haya pasado cerca
del conflicto.
Sexta clave: el petróleo,
entre el riesgo global y la oportunidad local
El segundo canal de impacto es el
precio del petróleo.
Si el conflicto restringe el
flujo energético del Golfo Pérsico, el mercado global puede reaccionar con
subas del crudo. De hecho, cada vez que el riesgo geopolítico se instala en
torno al Estrecho de Ormuz, el petróleo se convierte en uno de los principales
termómetros del conflicto.
En opinión de este autor, para
Argentina el impacto tiene dos caras.
Por un lado, el país está
aumentando sus exportaciones de petróleo gracias al desarrollo de shale de Vaca
Muerta. Un precio internacional más alto implica mayores ingresos por
exportaciones, más inversión y mejores términos de intercambio.
Pero por otro lado Argentina
todavía importa gas en invierno. Si el conflicto se prolonga y encarece la
energía global, el costo de esas importaciones puede subir y trasladarse a
precios internos.
Por eso el resultado final
dependerá del tipo de shock que enfrente el sistema energético mundial. Si el
conflicto es breve y el precio del petróleo sube moderadamente, el balance
podría ser favorable para Argentina. Si la crisis se prolonga y termina
desordenando la economía global, el efecto podría ser muy distinto. En el
fondo, el comercio mundial funciona como el sistema caótico que descubrió
Lorenz hace más de sesenta años.
Pequeños cambios en puntos muy
específicos —un estrecho marítimo, una ruta comercial, una decisión de
seguridad de una naviera— pueden desencadenar efectos globales.
martes, 3 de marzo de 2026
Milei ante el Congreso: el rumbo del comercio exterior argentino hasta 2027.
En el caso de Javier Milei, el mensaje en la apertura del144° período de Sesiones Ordinarias tiene una particularidad adicional. No se
trata solo de un balance, sino de una definición de modelo. En sus palabras se
condensan las reformas que ya impulsa, las que enviará al Congreso y la
concepción de inserción internacional que busca consolidar.
Leerlo con atención no es un ejercicio académico: es una
forma de entender hacia dónde puede dirigirse el país en los próximos años.
Porque, guste o no, el rumbo que marque el Poder Ejecutivo hoy condicionará
nuestro destino al menos hasta diciembre de 2027.
A continuación, los principales pasajes vinculados al
comercio exterior y la inserción internacional, ordenados por tema y respetando
textualmente sus palabras:
Sobre el Acuerdo MERCOSUR-Unión Europea
Esta semana nos convertimos en el primer país de la región
en promulgar el acuerdo Mercosur–Unión Europea. Detrás de este avance se
encuentra nuestra convicción de que el comercio, por su efecto en la
competencia, deriva en una elevación de la calidad de vida, ya que es lo que
nos permite acceder a bienes de mayor calidad a un mejor precio.
Sobre el Acuerdo de Argentina con Estados Unidos
logramos un acuerdo comercial con Estados Unidos luego de 21
años de aquel famoso autosabotaje que trágicamente ha sido festejado por
nuestra dirigencia. Aún resuena en nuestras mentes la voz de Hugo Chávez
diciendo: “ALCA, ALCA, al carajo”, y después nos quieren convencer de que no
nos llevan a Cuba, camino a ser Venezuela, también en el medio.
Sobre las regulaciones sobre las importaciones del gobierno anterior
También el Estado estaba tomado por una telaraña
inescrutable de regulaciones, que sofocaban el libre mercado; y detrás de cada
una de ellas, había alguien robándole al argentino con sobrecostos, servicios
forzados o multas irrisorias. Algunos casos tan alevosos como el sistema de
licencias para importación, a través del cual los amigos del poder podían tener
un negocio rentable importando al tipo de cambio oficial y vendiendo al
paralelo. Es por eso que no sorprende que haya personas siniestras, y algunos de
ellos golpistas, que, en nombre de la defensa de la industria nacional, bajo la
pátina de un nacionalismo de pacotilla, defiendan el proteccionismo y el
control de capitales, con su consecuente brecha cambiaria. Esto es, abrazar la
bandera argentina con la única intención de robar a los argentinos de bien.
hemos desarticulado el siniestro sistema de licencias para
las importaciones gracias a la eliminación de las SIRAs, la ampliación del
courier y la baja de aranceles.
(pudimos avanzar con) la eliminación de impuestos, como el
impuesto PAIS, retenciones a las economías regionales y distintas cadenas
productivas. Redujimos también percepciones de IVA y de Ganancias a
importaciones de bienes básicos, aranceles a ropa, telas, electrodomésticos,
neumáticos, motos, insumos industriales, fertilizantes, herbicidas y productos
electrónicos.
Bajamos impuestos internos a autos y motos, aranceles para
autos híbridos y eléctricos, aranceles a celulares e impuestos internos, a
productos electrónicos y el impuesto interno al seguro. Ahora solo falta que
las provincias y los municipios hagan su parte, por lo cual hemos facilitado
una herramienta para denunciar tasas excesivas, chequeándolo en una página.
Sobre las reformas pendientes
tenemos que reformar nuestro esquema impositivo. Como tantas
veces hemos dicho, necesitamos menores impuestos, porque el sistema tributario
tiene que servir al crecimiento; no al recaudador de turno. Para galvanizar
todas estas reformas, vamos a seguir profundizando en materia de apertura
económica y de acuerdos comerciales. Ratificaremos el acuerdo con los Estados
Unidos, así como lo hicimos con la Unión Europea. Reformaremos el Código
Aduanero para adecuarlo a nuestros nuevos desafíos. Y también nos integraremos
a los tratados internacionales necesarios, porque debemos sentarnos en la mesa
del comercio internacional, hasta ser tan relevantes que nuestros intereses no
puedan ser desoídos.
cada uno de los ministerios ha preparado 10 paquetes de
reformas estructurales, por lo que todos los meses presentaremos un paquete de
proyectos a ser tratados por este Congreso, correspondientes a las verticales
de cambio que hemos explicado hoy. Esto constituirá el año calendario de la
reforma: nueve meses ininterrumpidos de reformas estructurales que van a
rediseñar la arquitectura institucional de la Nueva Argentina.
Sobre la inserción internacional de Argentina
Y en materia internacional, toda esta estructura política no
sirvió para tener relación comercial alguna que le abra mercados a los
argentinos. Estábamos aislados, solos y temerosos del resto del mundo;
el tercer pilar del crecimiento viene de la mano de la
apertura comercial. Desde hace casi un siglo, Argentina está atrapada en la
trampa del fetiche industrialista. Nos dijeron que la única forma de generar
empleo era sostener un esquema industrial fuertemente subsidiado. Nos dijeron
que solo podíamos crecer si vivíamos con lo nuestro. Para tener este relato, se
impidió activamente el desarrollo del agro y de las economías regionales con
las retenciones, al tiempo que se limitaba el comercio con todo tipo de
restricciones a las importaciones, que encarecieron todos los insumos
industriales locales. Y como si todo esto fuera poco, no debemos dejar de sumar
una carga tributaria estratosférica, que ha hecho imposible casi todo tipo de
inversión. Sin embargo, tras décadas de protección, obtuvimos una industria
pequeña, cara, dependiente del subsidio, y con salarios en dólares raquíticos.
Se habla de apertura indiscriminada, mientras que, cuando se
mira el coeficiente de apertura del comercio exterior, Argentina es el país más
cerrado del mundo por lejos para su nivel de PBI. Lo pueden ver en lo que es el
Consejo de Mayo. No solo eso: en el ranking de apertura del Banco Mundial, la
Argentina está en el puesto 178 de 179 países. ¿De qué apertura indiscriminada
me hablan? Están hablando de defender los privilegios de los cazadores del
zoológico.
cuando uno abre la economía, eso permite a los consumidores
el ingreso de bienes de mejor calidad y a menor precio. Obviamente, si la
empresa local no puede competir, quiebra y despide gente. Sin embargo, eso es
una parte de la historia. La otra parte es que ahora el consumidor ahorra
dinero al comprar el bien importado y ese dinero lo utilizará para comprar
otros bienes, generando así puestos de trabajo en otro sector de la economía,
el cual es más productivo y, por ende, podrá pagar mayores salarios. En
definitiva, suben los salarios y los precios son más bajos, se consume más y el
bienestar aumenta. Ganan 48 millones de argentinos y pierden unos pocos: los
empresarios que son ineficientes y los políticos corruptos. Salvo para este
grupo de poder, el resto, todos ganan.
Nuestro planteo de apertura comercial se basa en un
fundamento moral que señala que coartar la libertad está mal, robar está mal y
la corrupción está mal. Además, nuestra política promueve la eficiencia, por lo
que implica mayores salarios y menores precios, más consumo tanto presente como
futuro y, por ende, mayor bienestar.
La era de la cooperación global sin brújula moral ha
terminado. Entramos a una nueva era de grandes naciones que compiten por
asegurarse cadenas de valor verticales. Y en este mundo, cada vez más, partirán
las aguas entre las naciones libres y las naciones sometidas.
En este nuevo mundo, los dos capitales más importantes que
puede tener una Nación son sus recursos y su ubicación. Argentina tiene los
dos. Pero nuestra ventaja no es solo de recursos. Es de acoplamiento. Cuando
hablo de capital humano hablo de la gente…. Tenemos los minerales críticos que
necesita Occidente, tenemos la energía: gas, petróleo, energía nuclear y
energía renovable para abastecer cadenas de producción de escala. Tenemos
tierra, agua y capacidad agroindustrial para garantizar la seguridad alimentaria
del hemisferio. Y tenemos la ubicación: el extremo sur del continente, con
salida a los dos océanos y presencia en la Antártida. Somos un eslabón natural
de la cadena de valor estratégica de Occidente.
Como Gobierno, hemos tenido un gran acierto: fuimos los
primeros de la región en plantar bandera. La Argentina ya dejó pasar dos veces
el tren de la historia. En la Segunda Guerra Mundial, nuestra neutralidad nos
costó décadas de marginalidad; con el no al ALCA nos quedamos afuera del mayor
ciclo de expansión económica en la historia humana. Mientras tanto,
implementamos el régimen más antiexportador del planeta. Hoy tenemos un 30% de
comercio exterior sobre el PBI, cuando deberíamos tener uno del triple, cerca
del 93%. Son números de vergüenza, y no nos puede volver a pasar.
en cinco años, el complejo energético por sí solo estará
exportando unos 50.000 millones de dólares. Esto no es una esperanza, ya es una
realidad. El Gran Neuquén, en pocos años, será otra de las metrópolis
argentinas. Y quiero decirles que ya muchas otras ciudades cuentan con el mismo
potencial. La minería se despegará por toda la Cordillera, generando cientos de
miles de puestos de trabajo… De hecho, si no fuera por cavernícolas como
ustedes, e hiciéramos las cosas, no como una gran hazaña, sino como la hace
Chile, la cordillera nos daría 1,000,000 de puestos de trabajo reales; no cosas
inventadas en el sector público para tapar las atrocidades en materia de
empleo.
La energía barata es el insumo transversal que cambia la
ecuación de localización industrial. Donde hay energía abundante y barata, se
instala la industria pesada. Veremos crecer la petroquímica, la siderúrgica, el
aluminio --pero no el del tongo--, la producción de hidrógeno, el procesamiento
de litio y minerales críticos. Y veremos data centers y capacidad de cómputo
instalarse en la Patagonia, donde el frío natural y la energía implican y crean
condiciones únicas para la infraestructura de la Inteligencia Artificial. Digo,
al margen del capital humano enorme que tenemos para responder a esa demanda.
El sector agropecuario también tendrá su revolución.
Estamos en condiciones de producir 300 millones de toneladas de grano,
duplicando la producción actual. Para ello daremos un régimen de derecho de
propiedad a los innovadores en semillas; continuaremos el sendero de baja de
retenciones de forma responsable, y solo en la medida que el superávit fiscal
lo permita.
No podemos aceptar que nuestros rindes en Chaco sean de 600
kilos de algodón por hectárea, cuando en Brasil son de 1.400. Tampoco podemos
permitir que Brasil triplique su producción de soja usando semillas con
tecnología argentina, hecha por empresas argentinas, que no se pueden vender en
Argentina.
jueves, 26 de febrero de 2026
Capacitación “Seguro de Crédito, aliado estratégico para las PyMEs”, organizada por el Departamento de Comercio Exterior de UIPBA 🌐
Participamos como facilitadores de la Capacitación “Seguro de Crédito, aliado estratégico para las PyMEs”, organizada por el Departamento de Comercio Exterior de UIPBA 🌐, junto a Julieta Bayugar
lunes, 23 de febrero de 2026
La Guerra comercial ...después del revés a Trump
Cuando escribí el análisis sobre el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que limitaba los aranceles globales impulsados por Donald Trump, la discusión parecía encaminarse hacia un punto institucional: si el Presidente podía o no utilizar la política comercial como si fuera una herramienta fiscal sin intervención del Congreso.
La Corte sostuvo que el Poder Ejecutivo no puede imponer
aranceles amplios invocando una “emergencia económica”, porque en los hechos
funcionan como un impuesto. En cualquier democracia constitucional, los
impuestos corresponden al Poder Legislativo. Pero lejos de retroceder, la
reacción política fue inmediata: Trump elevó el arancel global del 10% al 15% y
comenzó a buscar nuevos encuadres legales para sostener su política comercial.
En otras palabras, la discusión dejó de ser jurídica y pasó
a ser estratégica.
Estados Unidos confirmó que mantendrá sus acuerdos
comerciales con la Unión Europea, China y otros socios, pero la suba de
aranceles reintrodujo incertidumbre global. El mensaje es claro: aun con
límites judiciales, la política comercial seguirá siendo un instrumento central
de negociación internacional.
El problema es que el mundo actual no funciona como el del
siglo XX. Hoy la producción está fragmentada en cadenas globales de valor. Un
producto no pertenece a un país: pertenece a una red. Un avión comercial, por
ejemplo, tiene millones de piezas fabricadas por miles de empresas distribuidas
en todo el mundo. Subir aranceles no solo afecta a los exportadores
extranjeros: encarece los insumos de la propia industria doméstica.
Eso ya empezó a verse. Varias economías asiáticas
reaccionaron con cautela, empresas adelantaron exportaciones por temor a nuevas
subas y los inversores volvieron a operar con incertidumbre. La política
comercial dejó de ser una barrera: pasó a ser una variable financiera.
Un dato interesante surge de los primeros análisis
internacionales: el arancel uniforme del 15% podría perjudicar más a los
aliados históricos de Estados Unidos —Europa, Japón o el Reino Unido— que a
países que ya enfrentaban tarifas elevadas. Paradójicamente, quienes antes
pagaban aranceles muy altos ahora ven reducida su brecha relativa, mientras que
quienes comerciaban con menores barreras pasan a soportar mayores costos.
Pero para la Argentina la cuestión es todavía más directa.
El reciente Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos
con Estados Unidos se apoyaba en la previsibilidad de ese esquema arancelario.
Incluía rebajas importantes —incluso la posibilidad de llevar a 0% más de 1.600
posiciones— y un techo cercano al 10%. Al declararse ilegales los aranceles que
servían como base jurídica y elevarse simultáneamente el gravamen general al
15%, los beneficios potenciales entran en zona gris: podrían requerir
renegociación o, en algunos casos, terminar siendo menos favorables de lo
previsto.
Y ese es el verdadero cambio.
Para países como Argentina, esto implica algo concreto: ya no alcanza con analizar precios o tipo de cambio. La inserción internacional depende cada vez más de entender la política global.
viernes, 20 de febrero de 2026
Trump contra la Constitución: la Corte le frenó la guerra comercial
La Corte Suprema de los Estados Unidos declaró ilegales los aranceles globales que Donald Trump había impuesto invocando una “emergencia económica”. El mensaje institucional es potente: en Estados Unidos, cerrar la economía no depende solo de la voluntad del presidente. Si un arancel es, en los hechos, un impuesto, debe pasar por el Congreso.
Trump ya respondió que firmará una orden para aplicar un
arancel global del 10% bajo la Sección 122 y activar investigaciones bajo la
Sección 301. Es decir: la batalla política continúa. Pero el fallo limita el
uso expansivo de la IEEPA (International Emergency Economic Powers Act),
pensada históricamente para sanciones puntuales —como el bloqueo de activos a
Irán—, no para rediseñar todo el régimen arancelario.
Para entender cómo llegamos hasta acá hay que mirar el
contexto. Estados Unidos arrastra un déficit comercial persistente. Pero ese
rojo no es necesariamente debilidad: es la contracara del rol del dólar como
moneda de reserva global. El mundo necesita dólares; Estados Unidos los provee
importando más de lo que exporta y financiándose en su propia moneda. Ese
“señoreaje” —emitir una moneda que todos demandan— es un privilegio
estructural.
El problema es que la economía global ya no funciona como en
tiempos de David Ricardo. Paul Krugman habla de “desintegración vertical”: las
cadenas globales de valor fragmentan la producción. Un avión puede tener
millones de piezas fabricadas por cientos de empresas en distintos países.
Subir aranceles no solo encarece el bien final importado; también encarece
insumos que usan productores domésticos. Tras el 2 de abril, los precios de
bienes importados subieron… y los domésticos también. Parte por mayores costos;
parte porque, sin competencia externa, el productor local tiene margen para
remarcar.
En el medio, el apodo TACO (“Trump Always Chickens Out”) reflejaba las idas y vueltas: anuncio, pausa, reinstauración, excepción, ampliación. México, Canadá, China, acero, aluminio. La montaña rusa regulatoria fue tan relevante como el nivel de los aranceles.
Lo inesperado fue la reacción del mercado. El S&P 500
cayó casi 19% entre febrero y abril, pero luego se recuperó con fuerza. Los
inversores apostaron a que la Reserva Federal bajaría tasas —con inflación en
torno al 3% y objetivo del 2%— para evitar una desaceleración brusca. Y la
liquidez hizo el resto. Incluso en guerra comercial, Estados Unidos siguió
siendo refugio.
Un artículo de Greg Ip en The Wall Street Journal planteó una tesis incómoda: bajo su propia definición, Trump estaba “ganando”. Logró que el arancel promedio pasara de menos de 2% a cerca de 13%, recaudó miles de millones y no enfrentó represalias devastadoras. China incluso anunció una tregua parcial y reanudó compras agrícolas estratégicas.
Trump entendió algo real: la política comercial es poder. Y,
como explica en The Art of the Deal, su lógica es presionar primero y negociar
después. Para él, los aranceles no son un fin en sí mismo sino una herramienta
de negociación, una forma de sentarse a la mesa desde la fuerza. Avanzar y
retroceder, no es contradicción: es parte
del método. Generar presión, crear incertidumbre, forzar al otro a moverse
primero.
Lo que cambió ahora no es la estrategia, sino el marco. La Justicia dejó claro que en Estados Unidos incluso la
guerra comercial tiene límites constitucionales. Que invocar una “emergencia”
no habilita a rediseñar el sistema arancelario sin el Congreso. Que si el
arancel funciona como impuesto, debe pasar por el Poder Legislativo.
Eso no significa que los aranceles desaparezcan. Significa
que el margen de maniobra unilateral se achica. Y tratándose de Trump, eso no
implica retirada: implica nuevo capítulo.
Para Argentina —que tiene a Estados Unidos como socio
comercial clave junto con Brasil y China— lo que ocurra en Washington no es un
debate académico. Es parte del escenario en el que vendemos, compramos y nos
financiamos.
La guerra comercial no terminó. Pero quedó claro que el
presidente no es el único jugador en la mesa. En la lógica de Trump, la
negociación continúa. En la lógica institucional estadounidense, el poder tiene
contrapesos.
Como en las películas: continuará.
Adios al dueño de la barrera - Columna publicada en Tarifar 20.02.2026
Durante años importar en Argentina no fue una actividad
económica normal.
Fue un sistema de permisos.
No se competía por eficiencia, logística o precio: primero
había que poder entrar.
Capacidad Económica Financiera, aprobaciones que no llegaban y pagos del BCRA
sin fecha convertían cada operación en una apuesta
El resultado fue un mercado con pocos jugadores y márgenes
altos, donde muchas veces importar era, en la práctica, comprar dólares baratos
en forma de mercadería
Ese esquema empezó a cambiar.
Hoy el negocio se parece más a lo que debería haber sido siempre:
rotar más rápido, bajar márgenes y competir por precio y servicio
No es un tema ideológico.
Es entender por qué en Argentina durante años el problema no fue solo la
apertura o el cierre, sino los incentivos del sistema.
Dejo el artículo completo acá 👇
jueves, 19 de febrero de 2026
FATE, la vieja tentación de cerrar y el costo invisible de proteger
En Argentina cada vez que una
fábrica anuncia suspensiones o cierre el reflejo es inmediato: “son las
importaciones”. El caso de FATE volvió a activar ese mecanismo automático. Es
cierto que las importaciones aumentaron: entre 2023 y 2025 crecieron 27% en
cantidad y, en neumáticos, prácticamente se duplicaron. También es cierto que
tenemos cerca de un millón de desocupados, con una tasa del 7,7% según el INDEC,
y que si sumamos subocupación y personas que buscan trabajar más horas la
presión laboral ronda el 30%. El cuadro social es delicado. Pero de ahí a
concluir que todo cierre es culpa de las importaciones hay un salto que no
resiste demasiado análisis.
Argentina arrastra problemas más
profundos que un contenedor que entra por el puerto. Falta de competitividad
sistémica, costos logísticos elevados, presión tributaria alta, financiamiento
caro, inestabilidad macroeconómica y una economía que no termina de despegar.
Las empresas operan con márgenes ajustados en un contexto que aprieta por todos
lados. En ese escenario, cuando el consumo no crece y la productividad no
mejora, cualquier shock externo se vuelve más visible. Pero el origen no
siempre está afuera.
Si efectivamente hubiera un
aumento significativo de importaciones que causara o amenazara causar un daño
grave a toda la rama industrial (Fate no es la única fábrica de neumáticos en el país)—no a una empresa aislada— el Estado dispone de
instrumentos previstos en la OMC, como las salvaguardias. Son medidas
temporales, excepcionales, con plazo máximo inicial de cuatro años y
eventualmente prorrogables hasta ocho, que deben revisarse y liberalizarse
progresivamente. No son un cierre permanente de la economía sino una muleta
transitoria para facilitar el ajuste. Si no se recurre siquiera a ese mecanismo
y la decisión es directamente bajar la persiana, tal vez el problema sea más
estructural que coyuntural.
En paralelo, suele instalarse el
discurso del “compre nacional” como si defender producción a cualquier costo
fuera siempre la respuesta correcta. Pero en la otra punta del ovillo están los
consumidores, que muchas veces pagan precios tres o cuatro veces superiores al
internacional. Nadie quiere trabajadores en la calle ni familias angustiadas.
Pero cuando para sostener un sector obligamos a millones de personas a pagar
sobreprecios permanentes, la economía en su conjunto pierde eficiencia. El
empleo que se preserva debería al menos compensar el empleo potencial que
podría generarse si ese sobrecosto quedara en el bolsillo de los consumidores y
se volcara a otras actividades. Si no, estamos redistribuyendo mal y frenando
crecimiento.
La discusión además suele
cargarse de comparaciones simplistas. Se repite que “Estados Unidos se cierra y
nosotros nos abrimos”. Es una falacia. El Mercosur tiene un arancel externo
común promedio cercano al 14%, históricamente alto. Estados Unidos fue durante
décadas una de las economías más abiertas, con aranceles promedio cercanos al
2%, y aun con los aumentos recientes sus niveles convergen hacia cifras
parecidas a las nuestras, no muy superiores. No estamos frente a una economía
ingenuamente abierta contra otra blindada; estamos discutiendo márgenes de
política comercial dentro de un mundo donde todos ajustan.
La economía política ayuda a
entender por qué el debate se repite. Anne Krueger explicó en “The Rent-Seeking
Society” que cuando el Estado crea barreras artificiales aparecen grupos
organizados cuyo negocio deja de ser competir y pasa a ser capturar renta. No
invierten para ser mejores; invierten en lobby para mantener privilegios.
Argentina vivió años de importaciones cerradas donde florecieron estas
conductas: pocos ganaban mucho, millones pagaban poco cada uno, pero en
conjunto pagaban demasiado.
La caricatura histórica es
brutal. En los años 70 la Cámara Argentina de la Industria Electrónica llegó a
pedir que no se introdujera la televisión en color para proteger la
producción local. Esa lógica es la que Krueger
advertía: cuando la política comercial se convierte en herramienta de renta, la
sociedad pierde dinamismo y crecimiento.
Nada de esto implica ignorar el
impacto humano. Las transformaciones económicas no pueden desentenderse de las
personas. Un gobierno que desregula debería, al mismo tiempo, impulsar
programas de reconversión productiva y capacitación laboral. No se trata de
abandonar sectores de un día para otro, sino de acompañar transiciones hacia
actividades más sostenibles en el tiempo.
El caso FATE no debería convertirse en un eslogan a favor o en contra de las importaciones. Debería servir para discutir algo más profundo: cómo construir competitividad real, cómo repartir mejor los costos de las transiciones y cómo evitar que la protección se transforme en renta permanente. Porque sin reformas estructurales, el problema persiste,





