Hace mucho que no escribía algo exclusivo para este blog. hola!!
Después de 25 años de
negociaciones, el Mercosur y la Unión Europea sellaron en Paraguay el que sería
el mayor acuerdo de libre comercio del planeta. Un mercado combinado de casi 800
millones de personas, cerca de un cuarto del PBI mundial y la promesa de
eliminar más del 90% de los aranceles entre ambos bloques. Sin embargo, el
tratado tuvo una rareza poco habitual: apenas nació y ya fue derivado al
hospital. Antes de entrar en vigencia, quedó atrapado en disputas políticas,
judiciales y sectoriales que hoy lo mantienen congelado.
El acuerdo se apoya en tres
pilares: comercial, cooperación (estándares) y diálogo político. Y como todo
acuerdo grande, no es un cuento de hadas: es toma y daca.
El pilar comercial: ganadores,
perdedores y una puerta que se abre en ambos sentidos
En lo comercial, el objetivo es
claro: abrir mercados. Carnes, aceites, bebidas, calzados, autopartes,
químicos, maquinaria. La lista es larga y la puerta se abre en ambos sentidos.
Mientras un productor de carne argentino descorcha, un fabricante de autos en
Brasil empieza a fruncir el ceño: autos alemanes, fármacos franceses o
maquinaria europea llegarían con menos impuestos y más competitividad.
La teoría económica lo explica
bien con el modelo de factores específicos: cuando un país se abre, los
sectores exportadores ganan —y con ellos la tierra, el capital y el trabajo
ligados a esos sectores—, mientras que los sectores que compiten con
importaciones sufren. En el Mercosur, el gran beneficiado sería el complejo
agroexportador; los más presionados, algunos segmentos de la industria
manufacturera. La economía en su conjunto puede crecer —el Parlasur estima
entre 1% y 4% del PBI y unos 15.000 empleos nuevos—, pero la distribución de
ganancias y pérdidas es desigual.
Para los importadores, el acuerdo
es una espada de doble filo: entra tecnología europea más barata y de mejor
calidad, lo que puede lastimar a proveedores locales, pero también permitir un salto
de productividad. Competir duele, pero también ordena.
Cooperación y estándares: del
arancel al “pasaporte de carbono”
El capítulo más sensible no son
los aranceles, sino los estándares. La Unión Europea empuja exigencias
ambientales y técnicas nunca vistas, que muchos en el Mercosur leen como proteccionismo
verde. Dos reglas clave entran en vigencia en 2026.
La primera es el Reglamento
contra la Deforestación (EUDR): prohíbe importar carne, soja, café o madera si
provienen de tierras deforestadas después del 31 de diciembre de 2020. ¿Cómo se
controla? Con geolocalización obligatoria: el importador debe presentar las
coordenadas exactas del campo. Un inspector en Rotterdam no mira el pasto: mira
el mapa.
La segunda es el mecanismo de
ajuste de carbono en frontera (CBAM): un impuesto al carbono para productos
como acero o cemento, según cuántas emisiones generó su producción. El mensaje
es claro: el pasaporte de carbono ya no es marketing, es un requisito técnico.
No todo arranca de cero. La carne
argentina, basada en pastizales naturales, y los sistemas de trazabilidad
brasileños juegan a favor. Pero para las pymes, el desafío es enorme: el
principal costo no es el arancel, sino el cumplimiento. Auditorías,
certificaciones, etiquetado, tiempo y dinero. Para una multinacional es un
costo más; para una pyme puede ser una barrera de entrada. De ahí una clave
central: sin apoyo institucional —bancos que financien, cámaras que capaciten—
muchas empresas pueden quedar afuera, se ratifique o no el tratado.
El pilar político: Europa
dividida y el acuerdo en la Justicia
En el plano político, el acuerdo partió
aguas en Europa. Alemania y España lo defienden para reducir la dependencia de
China. Francia, apoyada por Polonia e Irlanda, lo resiste con fuerza: para el
agricultor francés, competir con el agro sudamericano es competencia desleal.
Las imágenes de tractores bloqueando París lo dicen todo.
Para evitar una derrota política,
el Parlamento Europeo optó por una salida salomónica: envió el acuerdo al
Tribunal de Justicia de la UE, congelando el proceso hasta por dos años. Allí
se revisan dos cosas: de fondo, si las reglas ambientales y sanitarias exigen
lo mismo a productores europeos y del Mercosur; y de forma, si alcanza con la
aprobación del Parlamento Europeo o si, por ser un acuerdo “mixto”, requiere la
ratificación de los 27 parlamentos nacionales, un camino que puede demorar una
década… o nunca terminar.
Mientras tanto, la presidenta de
la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dejó abierta la puerta a una aplicación
provisional de la parte comercial, algo que la UE ya hizo con Canadá, Japón y
Vietnam. El dilema es claro: avanzar y tensar la relación con Francia, o seguir
esperando y poner en juego la credibilidad europea como socio comercial.
Argentina: comercio, inversiones
y dólares genuinos
Para Argentina, el impacto
potencial es relevante. La UE eliminaría aranceles sobre el 92% de las
exportaciones del Mercosur, y los estudios oficiales estiman que las
exportaciones argentinas podrían crecer 76% en cinco años y hasta 122% en diez.
Las agroindustriales subirían alrededor de 15%, las industriales 30%, con foco
en autopartes, químicos y petroquímica. A eso se suma energía y minería: litio,
cobre e hidrocarburos.
Además, la UE ya es el principal
inversor extranjero en Argentina, con un stock cercano a USD 75.000 millones,
el 40% de la IED total. Más comercio y más inversión significan dólares
genuinos, más estabilidad y efectos que terminan llegando —directa o
indirectamente— a toda la economía.
El punto clave
El acuerdo Mercosur–UE puede
ratificarse, aplicarse de forma provisoria o quedar empantanado en la política
europea. Pero hay algo que no vuelve atrás: la tendencia. Para acceder a los
mercados más grandes del mundo, los estándares de sostenibilidad llegaron para
quedarse. La verdadera pregunta no es si el tratado entra en vigencia mañana,
sino cómo estos estándares van a cambiar para siempre la forma de producir en
el Mercosur, incluso si el acuerdo nunca cruza la puerta del hospital.





