Bienvenidos...

Soy Contador Público Nacional (UNL), Especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Me desempeño como inversor profesional (ICB) y soy titular de DMF Comercio Exterior. Escribí tres libros que buscan, sobre todo, insertar personas y empresas en la exportación: Teoría y Práctica de la Exportación por Cuenta y Orden de Terceros (Ed. Librería Cívica, 2013). Comercio Exterior para No Especialistas (Ed. Tarifar, 2015). Exportación por Cuenta y Orden de Terceros: lo que necesitás saber (Ed. Tarifar, 2020). Combino mi trabajo profesional con la docencia en carreras de grado y posgrado en universidades nacionales, además de seminarios en instituciones intermedias de todo el país y capacitaciones in company para empresas. Participo habitualmente en medios de comunicación con columnas especializadas; actualmente soy columnista en El Cronista (ex La Nación). Vivo mi trabajo como una pasión, aunque lo más importante siempre está fuera de él. Mi frase preferida: “Nunca te des por vencido, porque si lo hacés, viene un chino y te mete en la góndola de los lácteos.” ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont

viernes, 20 de febrero de 2026

Adios al dueño de la barrera - Columna publicada en Tarifar 20.02.2026

 

 

Durante años importar en Argentina no fue una actividad económica normal.
Fue un sistema de permisos.

No se competía por eficiencia, logística o precio: primero había que poder entrar.
Capacidad Económica Financiera, aprobaciones que no llegaban y pagos del BCRA sin fecha convertían cada operación en una apuesta

El resultado fue un mercado con pocos jugadores y márgenes altos, donde muchas veces importar era, en la práctica, comprar dólares baratos en forma de mercadería

Ese esquema empezó a cambiar.
Hoy el negocio se parece más a lo que debería haber sido siempre:
rotar más rápido, bajar márgenes y competir por precio y servicio

No es un tema ideológico.
Es entender por qué en Argentina durante años el problema no fue solo la apertura o el cierre, sino los incentivos del sistema.

Dejo el artículo completo acá 👇


https://web.tarifar.com/adios-al-dueno-de-la-barrera-importar-en-la-argentina-que-cambia/

Columna 20.02.2026 - Radio Universidad Nacional del Sur

 

jueves, 19 de febrero de 2026

FATE, la vieja tentación de cerrar y el costo invisible de proteger

 

En Argentina cada vez que una fábrica anuncia suspensiones o cierre el reflejo es inmediato: “son las importaciones”. El caso de FATE volvió a activar ese mecanismo automático. Es cierto que las importaciones aumentaron: entre 2023 y 2025 crecieron 27% en cantidad y, en neumáticos, prácticamente se duplicaron. También es cierto que tenemos cerca de un millón de desocupados, con una tasa del 7,7% según el INDEC, y que si sumamos subocupación y personas que buscan trabajar más horas la presión laboral ronda el 30%. El cuadro social es delicado. Pero de ahí a concluir que todo cierre es culpa de las importaciones hay un salto que no resiste demasiado análisis.

Argentina arrastra problemas más profundos que un contenedor que entra por el puerto. Falta de competitividad sistémica, costos logísticos elevados, presión tributaria alta, financiamiento caro, inestabilidad macroeconómica y una economía que no termina de despegar. Las empresas operan con márgenes ajustados en un contexto que aprieta por todos lados. En ese escenario, cuando el consumo no crece y la productividad no mejora, cualquier shock externo se vuelve más visible. Pero el origen no siempre está afuera.

Si efectivamente hubiera un aumento significativo de importaciones que causara o amenazara causar un daño grave a toda la rama industrial (Fate no es la única fábrica de neumáticos en el país)—no a una empresa aislada— el Estado dispone de instrumentos previstos en la OMC, como las salvaguardias. Son medidas temporales, excepcionales, con plazo máximo inicial de cuatro años y eventualmente prorrogables hasta ocho, que deben revisarse y liberalizarse progresivamente. No son un cierre permanente de la economía sino una muleta transitoria para facilitar el ajuste. Si no se recurre siquiera a ese mecanismo y la decisión es directamente bajar la persiana, tal vez el problema sea más estructural que coyuntural.

En paralelo, suele instalarse el discurso del “compre nacional” como si defender producción a cualquier costo fuera siempre la respuesta correcta. Pero en la otra punta del ovillo están los consumidores, que muchas veces pagan precios tres o cuatro veces superiores al internacional. Nadie quiere trabajadores en la calle ni familias angustiadas. Pero cuando para sostener un sector obligamos a millones de personas a pagar sobreprecios permanentes, la economía en su conjunto pierde eficiencia. El empleo que se preserva debería al menos compensar el empleo potencial que podría generarse si ese sobrecosto quedara en el bolsillo de los consumidores y se volcara a otras actividades. Si no, estamos redistribuyendo mal y frenando crecimiento.

La discusión además suele cargarse de comparaciones simplistas. Se repite que “Estados Unidos se cierra y nosotros nos abrimos”. Es una falacia. El Mercosur tiene un arancel externo común promedio cercano al 14%, históricamente alto. Estados Unidos fue durante décadas una de las economías más abiertas, con aranceles promedio cercanos al 2%, y aun con los aumentos recientes sus niveles convergen hacia cifras parecidas a las nuestras, no muy superiores. No estamos frente a una economía ingenuamente abierta contra otra blindada; estamos discutiendo márgenes de política comercial dentro de un mundo donde todos ajustan.

La economía política ayuda a entender por qué el debate se repite. Anne Krueger explicó en “The Rent-Seeking Society” que cuando el Estado crea barreras artificiales aparecen grupos organizados cuyo negocio deja de ser competir y pasa a ser capturar renta. No invierten para ser mejores; invierten en lobby para mantener privilegios. Argentina vivió años de importaciones cerradas donde florecieron estas conductas: pocos ganaban mucho, millones pagaban poco cada uno, pero en conjunto pagaban demasiado.

La caricatura histórica es brutal. En los años 70 la Cámara Argentina de la Industria Electrónica llegó a pedir que no se introdujera la televisión en color para proteger la producción local. Esa lógica es la que Krueger advertía: cuando la política comercial se convierte en herramienta de renta, la sociedad pierde dinamismo y crecimiento.

Nada de esto implica ignorar el impacto humano. Las transformaciones económicas no pueden desentenderse de las personas. Un gobierno que desregula debería, al mismo tiempo, impulsar programas de reconversión productiva y capacitación laboral. No se trata de abandonar sectores de un día para otro, sino de acompañar transiciones hacia actividades más sostenibles en el tiempo.

El caso FATE no debería convertirse en un eslogan a favor o en contra de las importaciones. Debería servir para discutir algo más profundo: cómo construir competitividad real, cómo repartir mejor los costos de las transiciones y cómo evitar que la protección se transforme en renta permanente. Porque sin reformas estructurales, el problema persiste,


lunes, 16 de febrero de 2026

El peso fuerte que nadie está mirando


 


En Argentina hoy pasa algo que, a primera vista, parece contradictorio: hay inflación todavía alta, el Banco Central ajusta las bandas cambiarias de acuerdo con ese índice, y sin embargo el peso se sigue apreciando en términos reales. No es un error estadístico. Es una tensión macroeconómica que merece ser entendida con calma.

El esquema actual establece que si sube la inflación, se mueven las bandas de flotación del dólar. Pero hay un detalle decisivo: lo que se ajusta son las bandas, no el precio efectivo del dólar. El tipo de cambio no vale la banda superior ni la inferior; vale lo que el mercado está dispuesto a pagar dentro de ese corredor. Y hoy el mercado está operando muy por debajo del techo. Con una banda superior cercana a 1584 y un dólar en torno a 1400, el mensaje es claro: las fuerzas de mercado están empujando hacia abajo.

¿Por qué? Porque entran dólares. Porque el dólar global está débil. Porque el Banco Central compra reservas. Porque hay flujos financieros que buscan rendimiento. El resultado es que, aun con inflación mensual significativa, el tipo de cambio nominal no acompaña plenamente esa dinámica. Y cuando los precios internos suben más rápido que el dólar de mercado, el peso se aprecia en términos reales.

Es, en algún punto, como una carrera despareja: el dólar nada perrito en el centro de la pileta mientras la inflación corre por el borde a toda velocidad. Aunque ambos avancen, no lo hacen al mismo ritmo. Y cuando eso ocurre, el resultado no es equilibrio; es apreciación real.

Eso no es una metáfora exagerada. El índice de tipo de cambio real multilateral del BCRA muestra que Argentina se está encareciendo frente al mundo en su conjunto y con respecto a varios de sus socios comerciales, especialmente Estados Unidos,  Brasil y China.  Aquí aparece una verdad incómoda: la inflación no deteriora automáticamente el tipo de cambio real bajo un régimen que ajusta bandas. Lo que lo deteriora es la combinación de inflación elevada con un dólar de mercado que se mueve menos que ese ajuste teórico. El ajuste por índice es condición necesaria, pero no suficiente. Si la inflación corre al 3% mensual y el dólar efectivo sube menos, el tipo de cambio real cae. Y eso es lo que está ocurriendo.

Ahora sumemos otra capa de complejidad. El IPC actual se calcula con una canasta que subpondera servicios respecto de su peso real en el gasto actual de los hogares. Un nuevo IPC, con mayor incidencia de servicios y tarifas —que vienen aumentando por encima del promedio— podría arrojar una inflación más alta. Técnicamente más representativa. Políticamente más desafiante.

Si ese nuevo índice mostrara una inflación superior, las bandas cambiarias deberían ajustarse más rápido. Pero el problema no es solo nominal. Una inflación más alta también podría reactivar expectativas, alimentar indexación salarial y reforzar el pass-through cambiario. En ese escenario, la inflación no solo presiona sobre las bandas; presiona sobre todo el equilibrio macro. Y mientras tanto, si el dólar de mercado no acompaña en igual proporción, el peso seguiría apreciándose en términos reales.

Es aquí donde la advertencia dePaul Krugman cobra sentido. En distintos análisis sobre programas de estabilización con tipo de cambio administrado, Krugman señala que cuando una economía contiene el dólar nominal mientras los precios internos no convergen lo suficientemente rápido, se acumula apreciación real. Esa apreciación erosiona competitividad, estimula importaciones y obliga a sostener el equilibrio externo con entrada constante de capitales. Mientras el flujo entra, el esquema funciona. Cuando las expectativas cambian, el ajuste puede ser brusco.

No es una profecía automática. Argentina hoy tiene superávit fiscal, acumulación de reservas y un esquema monetario contractivo. Pero la pregunta relevante no es si el dólar está tranquilo hoy. El problema no es el dólar nominal; es el tipo de cambio real acumulado.

El verdadero riesgo no es que el dólar no suba. El riesgo es que el peso se fortalezca demasiado en términos reales mientras la inflación aún no está completamente domada. Una economía que se encarece en dólares mientras intenta desinflar camina por una cornisa delicada: celebra el dato mensual, pero erosiona su competitividad silenciosamente.

Y la apreciación real, en una economía que depende del comercio exterior y de la competitividad regional, nunca es un dato neutro.

Tal vez el verdadero termómetro no sea solo el IPC del mes, sino el tipo de cambio real que se va moviendo mientras miramos otro número. Porque cuando la inflación deja de ser explosiva pero el peso se vuelve caro frente al mundo, la pregunta ya no es cuánto subieron los precios. La pregunta es cuánto nos estamos encareciendo sin notarlo.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Columna Martin Bustamante TV: Actualidad del comercio exterior y economía 14.02.2026




👋 Hola a todos, Hoy iniciamos una nueva etapa en Martín Bustamante TV, donde comenzamos a compartir una mirada clara y actual sobre cómo está el comercio exterior argentino y cuál es la situación real de nuestras PyMEs en este contexto. Como líderes en lo que hacemos, asumimos el compromiso de acompañar a las empresas leyendo el escenario económico y normativo para que puedan tomar decisiones informadas y concretar con éxito sus compras y ventas al exterior. Les compartimos la entrevista...👇

viernes, 6 de febrero de 2026

Columna LT10 - Acuerdo Argentina Estados Unidos 06.02.2026

Acuerdo Argentina - Estados Unidos. Dos miradas opuestas


La historia económica suele escribirse en bifurcaciones. Y la Argentina, otra vez, está parada frente a una de ellas. El acuerdo de Comercio e Inversión Recíproco firmado el 5 de febrero de 2026 entre la Argentina y los Estados Unidos alimenta una narrativa potente: la del regreso al mundo tras años de aislamiento. Pero, como casi todo en economía, también admite una lectura opuesta. ¿Estamos ante el comienzo de un milagro o ante una calma engañosa?

La mirada optimista

Desde el oficialismo, el acuerdo se presenta como un hito histórico. No es menor: Estados Unidos es la principal economía del planeta y el mayor importador del mundo. El entendimiento —aún pendiente de ratificación del Congreso— promete eliminar barreras de acceso para 1.675 productos argentinos, con un impacto estimado de más de USD 1.000 millones adicionales en exportaciones.

El sector más celebrado es el cárnico. La ampliación de la cuota de acceso preferencial a 100.000 toneladas anuales de carne bovina implica un salto de 80.000 toneladas adicionales en 2026, lo que podría traducirse en casi USD 800 millones extra de exportaciones. Para ponerlo en perspectiva: es cerca del 10% de todo lo exportado en carne en 2025, concentrado en un solo rubro. Un empujón fuerte, rápido y visible.

Del lado de las concesiones, la letra chica muestra que la Argentina elimina aranceles para 221 productos estadounidenses —máquinas, dispositivos médicos, químicos— y reduce al 2% los de algunas autopartes. La apuesta oficial es clara: abaratar insumos y bienes de capital para ganar competitividad sistémica, aunque eso implique más competencia externa para la industria local.

El acuerdo, además, no se queda en el intercambio de bienes. En inversiones, aparecen dos jugadores clave: el Export–Import Bank of the United States y la U.S. International Development Finance Corporation. No compran empresas ni ponen capital de riesgo puro, pero sí financian, aseguran y respaldan proyectos del sector privado estadounidense en países en desarrollo. En la agenda: litio, cobre, energía e infraestructura, con Estados Unidos buscando asegurarse un lugar preferencial en minerales críticos.

A eso se suma un costado “siglo XXI”: comercio digital, fintech, startups y un compromiso argentino de elevar estándares de propiedad intelectual, incluyendo el envío al Congreso del Tratado de Cooperación en Materia de Patentes (PCT). Para atraer tecnología, reglas claras en patentes no son un lujo: son condición necesaria.

Lo que no se consiguió

No todo es apertura. En acero y aluminio, sectores estratégicos para Washington, el acuerdo no elimina los aranceles heredados de la era Trump: solo promete “revisarlos oportunamente”. En la práctica, el 50% puede seguir vigente. Señal de que, aun en los grandes acuerdos, hay límites cuando entran en juego intereses sensibles.

La mirada pesimista

La otra cara la puso sobre la mesa Paul Krugman a fines de 2025. En un artículo muy crítico, describió a la “mileinomics” como un castillo construido sobre arena. Su diagnóstico es conocido: una terapia de shock fiscal que genera un costo social elevado, desempleo en máximos de varios años y una confianza inversora frágil.

Krugman traza un paralelismo inquietante con los años setenta: fuerte devaluación inicial, luego un tipo de cambio que se mueve más lento que los precios para anclar inflación, y una moneda que se aprecia en términos reales. El resultado —advierte— es una economía cada vez más cara en dólares, exportaciones que pierden competitividad, importaciones tentadoras y una dependencia creciente del endeudamiento externo.

En ese marco, el Nobel cuestiona el respaldo de Washington. Lo define como un rescate ideológico: no para salvar a la Argentina, sino para sostener la credibilidad internacional de un modelo de libre mercado radical que tiene en Javier Milei a su principal exponente. El acuerdo, sugiere, funciona más como trofeo político que como solución estructural, y encima debe pasar por el Congreso, donde nada está garantizado.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Mercosur–Unión Europea: el mayor acuerdo del mundo que nació en terapia intensiva

 Hace mucho que no escribía algo exclusivo para este blog. hola!!


Después de 25 años de negociaciones, el Mercosur y la Unión Europea sellaron en Paraguay el que sería el mayor acuerdo de libre comercio del planeta. Un mercado combinado de casi 800 millones de personas, cerca de un cuarto del PBI mundial y la promesa de eliminar más del 90% de los aranceles entre ambos bloques. Sin embargo, el tratado tuvo una rareza poco habitual: apenas nació y ya fue derivado al hospital. Antes de entrar en vigencia, quedó atrapado en disputas políticas, judiciales y sectoriales que hoy lo mantienen congelado.

El acuerdo se apoya en tres pilares: comercial, cooperación (estándares) y diálogo político. Y como todo acuerdo grande, no es un cuento de hadas: es toma y daca.

El pilar comercial: ganadores, perdedores y una puerta que se abre en ambos sentidos

En lo comercial, el objetivo es claro: abrir mercados. Carnes, aceites, bebidas, calzados, autopartes, químicos, maquinaria. La lista es larga y la puerta se abre en ambos sentidos. Mientras un productor de carne argentino descorcha, un fabricante de autos en Brasil empieza a fruncir el ceño: autos alemanes, fármacos franceses o maquinaria europea llegarían con menos impuestos y más competitividad.

La teoría económica lo explica bien con el modelo de factores específicos: cuando un país se abre, los sectores exportadores ganan —y con ellos la tierra, el capital y el trabajo ligados a esos sectores—, mientras que los sectores que compiten con importaciones sufren. En el Mercosur, el gran beneficiado sería el complejo agroexportador; los más presionados, algunos segmentos de la industria manufacturera. La economía en su conjunto puede crecer —el Parlasur estima entre 1% y 4% del PBI y unos 15.000 empleos nuevos—, pero la distribución de ganancias y pérdidas es desigual.

Para los importadores, el acuerdo es una espada de doble filo: entra tecnología europea más barata y de mejor calidad, lo que puede lastimar a proveedores locales, pero también permitir un salto de productividad. Competir duele, pero también ordena.

Cooperación y estándares: del arancel al “pasaporte de carbono”

El capítulo más sensible no son los aranceles, sino los estándares. La Unión Europea empuja exigencias ambientales y técnicas nunca vistas, que muchos en el Mercosur leen como proteccionismo verde. Dos reglas clave entran en vigencia en 2026.

La primera es el Reglamento contra la Deforestación (EUDR): prohíbe importar carne, soja, café o madera si provienen de tierras deforestadas después del 31 de diciembre de 2020. ¿Cómo se controla? Con geolocalización obligatoria: el importador debe presentar las coordenadas exactas del campo. Un inspector en Rotterdam no mira el pasto: mira el mapa.

La segunda es el mecanismo de ajuste de carbono en frontera (CBAM): un impuesto al carbono para productos como acero o cemento, según cuántas emisiones generó su producción. El mensaje es claro: el pasaporte de carbono ya no es marketing, es un requisito técnico.

No todo arranca de cero. La carne argentina, basada en pastizales naturales, y los sistemas de trazabilidad brasileños juegan a favor. Pero para las pymes, el desafío es enorme: el principal costo no es el arancel, sino el cumplimiento. Auditorías, certificaciones, etiquetado, tiempo y dinero. Para una multinacional es un costo más; para una pyme puede ser una barrera de entrada. De ahí una clave central: sin apoyo institucional —bancos que financien, cámaras que capaciten— muchas empresas pueden quedar afuera, se ratifique o no el tratado.

El pilar político: Europa dividida y el acuerdo en la Justicia

En el plano político, el acuerdo partió aguas en Europa. Alemania y España lo defienden para reducir la dependencia de China. Francia, apoyada por Polonia e Irlanda, lo resiste con fuerza: para el agricultor francés, competir con el agro sudamericano es competencia desleal. Las imágenes de tractores bloqueando París lo dicen todo.

Para evitar una derrota política, el Parlamento Europeo optó por una salida salomónica: envió el acuerdo al Tribunal de Justicia de la UE, congelando el proceso hasta por dos años. Allí se revisan dos cosas: de fondo, si las reglas ambientales y sanitarias exigen lo mismo a productores europeos y del Mercosur; y de forma, si alcanza con la aprobación del Parlamento Europeo o si, por ser un acuerdo “mixto”, requiere la ratificación de los 27 parlamentos nacionales, un camino que puede demorar una década… o nunca terminar.

Mientras tanto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dejó abierta la puerta a una aplicación provisional de la parte comercial, algo que la UE ya hizo con Canadá, Japón y Vietnam. El dilema es claro: avanzar y tensar la relación con Francia, o seguir esperando y poner en juego la credibilidad europea como socio comercial.

Argentina: comercio, inversiones y dólares genuinos

Para Argentina, el impacto potencial es relevante. La UE eliminaría aranceles sobre el 92% de las exportaciones del Mercosur, y los estudios oficiales estiman que las exportaciones argentinas podrían crecer 76% en cinco años y hasta 122% en diez. Las agroindustriales subirían alrededor de 15%, las industriales 30%, con foco en autopartes, químicos y petroquímica. A eso se suma energía y minería: litio, cobre e hidrocarburos.

Además, la UE ya es el principal inversor extranjero en Argentina, con un stock cercano a USD 75.000 millones, el 40% de la IED total. Más comercio y más inversión significan dólares genuinos, más estabilidad y efectos que terminan llegando —directa o indirectamente— a toda la economía.

El punto clave

El acuerdo Mercosur–UE puede ratificarse, aplicarse de forma provisoria o quedar empantanado en la política europea. Pero hay algo que no vuelve atrás: la tendencia. Para acceder a los mercados más grandes del mundo, los estándares de sostenibilidad llegaron para quedarse. La verdadera pregunta no es si el tratado entra en vigencia mañana, sino cómo estos estándares van a cambiar para siempre la forma de producir en el Mercosur, incluso si el acuerdo nunca cruza la puerta del hospital.


Cómo cambió el negocio importador: las claves para operar “sin filtro” - Columna El Cronista 04.02.2026

📌"Durante años, importar en Argentina fue un laberinto de permisos, barreras y esperas infinitas. Hoy ese mundo está cambiando: más empresas pueden entrar, las reglas del juego se vuelven más claras y el negocio está volviendo a lo que siempre debería haber sido: competir por precio, servicio y eficiencia".

En nuestra columna en El Cronista explico cómo se desmontó ese sistema distorsionado y cuáles son las claves para operar sin filtro y con foco en rotar más rápido la mercadería y evitar capital inmovilizado.”

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🔗 https://www.cronista.com/economia-politica/como-cambio-el-negocio-importador-las-claves-para-operar-sin-filtro/


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