Diego Dumont - Mi Blog de Comercio Exterior
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lunes, 23 de febrero de 2026
La Guerra comercial ...después del revés a Trump
Cuando escribí el análisis sobre el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que limitaba los aranceles globales impulsados por Donald Trump, la discusión parecía encaminarse hacia un punto institucional: si el Presidente podía o no utilizar la política comercial como si fuera una herramienta fiscal sin intervención del Congreso.
La Corte sostuvo que el Poder Ejecutivo no puede imponer
aranceles amplios invocando una “emergencia económica”, porque en los hechos
funcionan como un impuesto. En cualquier democracia constitucional, los
impuestos corresponden al Poder Legislativo. Pero lejos de retroceder, la
reacción política fue inmediata: Trump elevó el arancel global del 10% al 15% y
comenzó a buscar nuevos encuadres legales para sostener su política comercial.
En otras palabras, la discusión dejó de ser jurídica y pasó
a ser estratégica.
Estados Unidos confirmó que mantendrá sus acuerdos
comerciales con la Unión Europea, China y otros socios, pero la suba de
aranceles reintrodujo incertidumbre global. El mensaje es claro: aun con
límites judiciales, la política comercial seguirá siendo un instrumento central
de negociación internacional.
El problema es que el mundo actual no funciona como el del
siglo XX. Hoy la producción está fragmentada en cadenas globales de valor. Un
producto no pertenece a un país: pertenece a una red. Un avión comercial, por
ejemplo, tiene millones de piezas fabricadas por miles de empresas distribuidas
en todo el mundo. Subir aranceles no solo afecta a los exportadores
extranjeros: encarece los insumos de la propia industria doméstica.
Eso ya empezó a verse. Varias economías asiáticas
reaccionaron con cautela, empresas adelantaron exportaciones por temor a nuevas
subas y los inversores volvieron a operar con incertidumbre. La política
comercial dejó de ser una barrera: pasó a ser una variable financiera.
Un dato interesante surge de los primeros análisis
internacionales: el arancel uniforme del 15% podría perjudicar más a los
aliados históricos de Estados Unidos —Europa, Japón o el Reino Unido— que a
países que ya enfrentaban tarifas elevadas. Paradójicamente, quienes antes
pagaban aranceles muy altos ahora ven reducida su brecha relativa, mientras que
quienes comerciaban con menores barreras pasan a soportar mayores costos.
Pero para la Argentina la cuestión es todavía más directa.
El reciente Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos
con Estados Unidos se apoyaba en la previsibilidad de ese esquema arancelario.
Incluía rebajas importantes —incluso la posibilidad de llevar a 0% más de 1.600
posiciones— y un techo cercano al 10%. Al declararse ilegales los aranceles que
servían como base jurídica y elevarse simultáneamente el gravamen general al
15%, los beneficios potenciales entran en zona gris: podrían requerir
renegociación o, en algunos casos, terminar siendo menos favorables de lo
previsto.
Y ese es el verdadero cambio.
Para países como Argentina, esto implica algo concreto: ya no alcanza con analizar precios o tipo de cambio. La inserción internacional depende cada vez más de entender la política global.
viernes, 20 de febrero de 2026
Trump contra la Constitución: la Corte le frenó la guerra comercial
La Corte Suprema de los Estados Unidos declaró ilegales los aranceles globales que Donald Trump había impuesto invocando una “emergencia económica”. El mensaje institucional es potente: en Estados Unidos, cerrar la economía no depende solo de la voluntad del presidente. Si un arancel es, en los hechos, un impuesto, debe pasar por el Congreso.
Trump ya respondió que firmará una orden para aplicar un
arancel global del 10% bajo la Sección 122 y activar investigaciones bajo la
Sección 301. Es decir: la batalla política continúa. Pero el fallo limita el
uso expansivo de la IEEPA (International Emergency Economic Powers Act),
pensada históricamente para sanciones puntuales —como el bloqueo de activos a
Irán—, no para rediseñar todo el régimen arancelario.
Para entender cómo llegamos hasta acá hay que mirar el
contexto. Estados Unidos arrastra un déficit comercial persistente. Pero ese
rojo no es necesariamente debilidad: es la contracara del rol del dólar como
moneda de reserva global. El mundo necesita dólares; Estados Unidos los provee
importando más de lo que exporta y financiándose en su propia moneda. Ese
“señoreaje” —emitir una moneda que todos demandan— es un privilegio
estructural.
El problema es que la economía global ya no funciona como en
tiempos de David Ricardo. Paul Krugman habla de “desintegración vertical”: las
cadenas globales de valor fragmentan la producción. Un avión puede tener
millones de piezas fabricadas por cientos de empresas en distintos países.
Subir aranceles no solo encarece el bien final importado; también encarece
insumos que usan productores domésticos. Tras el 2 de abril, los precios de
bienes importados subieron… y los domésticos también. Parte por mayores costos;
parte porque, sin competencia externa, el productor local tiene margen para
remarcar.
En el medio, el apodo TACO (“Trump Always Chickens Out”) reflejaba las idas y vueltas: anuncio, pausa, reinstauración, excepción, ampliación. México, Canadá, China, acero, aluminio. La montaña rusa regulatoria fue tan relevante como el nivel de los aranceles.
Lo inesperado fue la reacción del mercado. El S&P 500
cayó casi 19% entre febrero y abril, pero luego se recuperó con fuerza. Los
inversores apostaron a que la Reserva Federal bajaría tasas —con inflación en
torno al 3% y objetivo del 2%— para evitar una desaceleración brusca. Y la
liquidez hizo el resto. Incluso en guerra comercial, Estados Unidos siguió
siendo refugio.
Un artículo de Greg Ip en The Wall Street Journal planteó una tesis incómoda: bajo su propia definición, Trump estaba “ganando”. Logró que el arancel promedio pasara de menos de 2% a cerca de 13%, recaudó miles de millones y no enfrentó represalias devastadoras. China incluso anunció una tregua parcial y reanudó compras agrícolas estratégicas.
Trump entendió algo real: la política comercial es poder. Y,
como explica en The Art of the Deal, su lógica es presionar primero y negociar
después. Para él, los aranceles no son un fin en sí mismo sino una herramienta
de negociación, una forma de sentarse a la mesa desde la fuerza. Avanzar y
retroceder, no es contradicción: es parte
del método. Generar presión, crear incertidumbre, forzar al otro a moverse
primero.
Lo que cambió ahora no es la estrategia, sino el marco. La Justicia dejó claro que en Estados Unidos incluso la
guerra comercial tiene límites constitucionales. Que invocar una “emergencia”
no habilita a rediseñar el sistema arancelario sin el Congreso. Que si el
arancel funciona como impuesto, debe pasar por el Poder Legislativo.
Eso no significa que los aranceles desaparezcan. Significa
que el margen de maniobra unilateral se achica. Y tratándose de Trump, eso no
implica retirada: implica nuevo capítulo.
Para Argentina —que tiene a Estados Unidos como socio
comercial clave junto con Brasil y China— lo que ocurra en Washington no es un
debate académico. Es parte del escenario en el que vendemos, compramos y nos
financiamos.
La guerra comercial no terminó. Pero quedó claro que el
presidente no es el único jugador en la mesa. En la lógica de Trump, la
negociación continúa. En la lógica institucional estadounidense, el poder tiene
contrapesos.
Como en las películas: continuará.
Adios al dueño de la barrera - Columna publicada en Tarifar 20.02.2026
Durante años importar en Argentina no fue una actividad
económica normal.
Fue un sistema de permisos.
No se competía por eficiencia, logística o precio: primero
había que poder entrar.
Capacidad Económica Financiera, aprobaciones que no llegaban y pagos del BCRA
sin fecha convertían cada operación en una apuesta
El resultado fue un mercado con pocos jugadores y márgenes
altos, donde muchas veces importar era, en la práctica, comprar dólares baratos
en forma de mercadería
Ese esquema empezó a cambiar.
Hoy el negocio se parece más a lo que debería haber sido siempre:
rotar más rápido, bajar márgenes y competir por precio y servicio
No es un tema ideológico.
Es entender por qué en Argentina durante años el problema no fue solo la
apertura o el cierre, sino los incentivos del sistema.
Dejo el artículo completo acá 👇
jueves, 19 de febrero de 2026
FATE, la vieja tentación de cerrar y el costo invisible de proteger
En Argentina cada vez que una
fábrica anuncia suspensiones o cierre el reflejo es inmediato: “son las
importaciones”. El caso de FATE volvió a activar ese mecanismo automático. Es
cierto que las importaciones aumentaron: entre 2023 y 2025 crecieron 27% en
cantidad y, en neumáticos, prácticamente se duplicaron. También es cierto que
tenemos cerca de un millón de desocupados, con una tasa del 7,7% según el INDEC,
y que si sumamos subocupación y personas que buscan trabajar más horas la
presión laboral ronda el 30%. El cuadro social es delicado. Pero de ahí a
concluir que todo cierre es culpa de las importaciones hay un salto que no
resiste demasiado análisis.
Argentina arrastra problemas más
profundos que un contenedor que entra por el puerto. Falta de competitividad
sistémica, costos logísticos elevados, presión tributaria alta, financiamiento
caro, inestabilidad macroeconómica y una economía que no termina de despegar.
Las empresas operan con márgenes ajustados en un contexto que aprieta por todos
lados. En ese escenario, cuando el consumo no crece y la productividad no
mejora, cualquier shock externo se vuelve más visible. Pero el origen no
siempre está afuera.
Si efectivamente hubiera un
aumento significativo de importaciones que causara o amenazara causar un daño
grave a toda la rama industrial (Fate no es la única fábrica de neumáticos en el país)—no a una empresa aislada— el Estado dispone de
instrumentos previstos en la OMC, como las salvaguardias. Son medidas
temporales, excepcionales, con plazo máximo inicial de cuatro años y
eventualmente prorrogables hasta ocho, que deben revisarse y liberalizarse
progresivamente. No son un cierre permanente de la economía sino una muleta
transitoria para facilitar el ajuste. Si no se recurre siquiera a ese mecanismo
y la decisión es directamente bajar la persiana, tal vez el problema sea más
estructural que coyuntural.
En paralelo, suele instalarse el
discurso del “compre nacional” como si defender producción a cualquier costo
fuera siempre la respuesta correcta. Pero en la otra punta del ovillo están los
consumidores, que muchas veces pagan precios tres o cuatro veces superiores al
internacional. Nadie quiere trabajadores en la calle ni familias angustiadas.
Pero cuando para sostener un sector obligamos a millones de personas a pagar
sobreprecios permanentes, la economía en su conjunto pierde eficiencia. El
empleo que se preserva debería al menos compensar el empleo potencial que
podría generarse si ese sobrecosto quedara en el bolsillo de los consumidores y
se volcara a otras actividades. Si no, estamos redistribuyendo mal y frenando
crecimiento.
La discusión además suele
cargarse de comparaciones simplistas. Se repite que “Estados Unidos se cierra y
nosotros nos abrimos”. Es una falacia. El Mercosur tiene un arancel externo
común promedio cercano al 14%, históricamente alto. Estados Unidos fue durante
décadas una de las economías más abiertas, con aranceles promedio cercanos al
2%, y aun con los aumentos recientes sus niveles convergen hacia cifras
parecidas a las nuestras, no muy superiores. No estamos frente a una economía
ingenuamente abierta contra otra blindada; estamos discutiendo márgenes de
política comercial dentro de un mundo donde todos ajustan.
La economía política ayuda a
entender por qué el debate se repite. Anne Krueger explicó en “The Rent-Seeking
Society” que cuando el Estado crea barreras artificiales aparecen grupos
organizados cuyo negocio deja de ser competir y pasa a ser capturar renta. No
invierten para ser mejores; invierten en lobby para mantener privilegios.
Argentina vivió años de importaciones cerradas donde florecieron estas
conductas: pocos ganaban mucho, millones pagaban poco cada uno, pero en
conjunto pagaban demasiado.
La caricatura histórica es
brutal. En los años 70 la Cámara Argentina de la Industria Electrónica llegó a
pedir que no se introdujera la televisión en color para proteger la
producción local. Esa lógica es la que Krueger
advertía: cuando la política comercial se convierte en herramienta de renta, la
sociedad pierde dinamismo y crecimiento.
Nada de esto implica ignorar el
impacto humano. Las transformaciones económicas no pueden desentenderse de las
personas. Un gobierno que desregula debería, al mismo tiempo, impulsar
programas de reconversión productiva y capacitación laboral. No se trata de
abandonar sectores de un día para otro, sino de acompañar transiciones hacia
actividades más sostenibles en el tiempo.
El caso FATE no debería convertirse en un eslogan a favor o en contra de las importaciones. Debería servir para discutir algo más profundo: cómo construir competitividad real, cómo repartir mejor los costos de las transiciones y cómo evitar que la protección se transforme en renta permanente. Porque sin reformas estructurales, el problema persiste,
lunes, 16 de febrero de 2026
El peso fuerte que nadie está mirando
En Argentina hoy pasa algo que, a
primera vista, parece contradictorio: hay inflación todavía alta, el Banco
Central ajusta las bandas cambiarias de acuerdo con ese índice, y sin embargo
el peso se sigue apreciando en términos reales. No es un error estadístico. Es
una tensión macroeconómica que merece ser entendida con calma.
El esquema actual establece que
si sube la inflación, se mueven las bandas de flotación del dólar. Pero hay un
detalle decisivo: lo que se ajusta son las bandas, no el precio efectivo del
dólar. El tipo de cambio no vale la banda superior ni la inferior; vale lo que
el mercado está dispuesto a pagar dentro de ese corredor. Y hoy el mercado está
operando muy por debajo del techo. Con una banda superior cercana a 1584 y un
dólar en torno a 1400, el mensaje es claro: las fuerzas de mercado están
empujando hacia abajo.
¿Por qué? Porque entran dólares.
Porque el dólar global está débil. Porque el Banco Central compra reservas.
Porque hay flujos financieros que buscan rendimiento. El resultado es que, aun
con inflación mensual significativa, el tipo de cambio nominal no acompaña
plenamente esa dinámica. Y cuando los precios internos suben más rápido que el
dólar de mercado, el peso se aprecia en términos reales.
Es, en algún punto, como una
carrera despareja: el dólar nada perrito en el centro de la pileta mientras la
inflación corre por el borde a toda velocidad. Aunque ambos avancen, no lo
hacen al mismo ritmo. Y cuando eso ocurre, el resultado no es equilibrio; es
apreciación real.
Eso no es una metáfora exagerada. El índice de tipo de cambio real multilateral del BCRA muestra que Argentina se está encareciendo frente al mundo en su conjunto y con respecto a varios de sus socios comerciales, especialmente Estados Unidos, Brasil y China. Aquí aparece una verdad incómoda: la inflación no deteriora automáticamente el tipo de cambio real bajo un régimen que ajusta bandas. Lo que lo deteriora es la combinación de inflación elevada con un dólar de mercado que se mueve menos que ese ajuste teórico. El ajuste por índice es condición necesaria, pero no suficiente. Si la inflación corre al 3% mensual y el dólar efectivo sube menos, el tipo de cambio real cae. Y eso es lo que está ocurriendo.
Ahora sumemos otra capa de
complejidad. El IPC actual se calcula con una canasta que subpondera servicios
respecto de su peso real en el gasto actual de los hogares. Un nuevo IPC, con
mayor incidencia de servicios y tarifas —que vienen aumentando por encima del
promedio— podría arrojar una inflación más alta. Técnicamente más
representativa. Políticamente más desafiante.
Si ese nuevo índice mostrara una
inflación superior, las bandas cambiarias deberían ajustarse más rápido. Pero
el problema no es solo nominal. Una inflación más alta también podría reactivar
expectativas, alimentar indexación salarial y reforzar el pass-through
cambiario. En ese escenario, la inflación no solo presiona sobre las bandas;
presiona sobre todo el equilibrio macro. Y mientras tanto, si el dólar de
mercado no acompaña en igual proporción, el peso seguiría apreciándose en
términos reales.
Es aquí donde la advertencia dePaul Krugman cobra sentido. En distintos análisis sobre programas de
estabilización con tipo de cambio administrado, Krugman señala que cuando una
economía contiene el dólar nominal mientras los precios internos no convergen
lo suficientemente rápido, se acumula apreciación real. Esa apreciación
erosiona competitividad, estimula importaciones y obliga a sostener el
equilibrio externo con entrada constante de capitales. Mientras el flujo entra,
el esquema funciona. Cuando las expectativas cambian, el ajuste puede ser
brusco.
No es una profecía automática.
Argentina hoy tiene superávit fiscal, acumulación de reservas y un esquema
monetario contractivo. Pero la pregunta relevante no es si el dólar está
tranquilo hoy. El problema no es el dólar nominal; es el tipo de cambio real
acumulado.
El verdadero riesgo no es que el
dólar no suba. El riesgo es que el peso se fortalezca demasiado en términos
reales mientras la inflación aún no está completamente domada. Una economía que
se encarece en dólares mientras intenta desinflar camina por una cornisa
delicada: celebra el dato mensual, pero erosiona su competitividad
silenciosamente.
Y la apreciación real, en una
economía que depende del comercio exterior y de la competitividad regional,
nunca es un dato neutro.
Tal vez el verdadero termómetro
no sea solo el IPC del mes, sino el tipo de cambio real que se va moviendo
mientras miramos otro número. Porque cuando la inflación deja de ser explosiva
pero el peso se vuelve caro frente al mundo, la pregunta ya no es cuánto
subieron los precios. La pregunta es cuánto nos estamos encareciendo sin
notarlo.





