Bienvenidos...

Soy Contador Público Nacional (UNL), Especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Me desempeño como inversor profesional (ICB) y soy titular de DMF Comercio Exterior. Escribí tres libros que buscan, sobre todo, insertar personas y empresas en la exportación: Teoría y Práctica de la Exportación por Cuenta y Orden de Terceros (Ed. Librería Cívica, 2013). Comercio Exterior para No Especialistas (Ed. Tarifar, 2015). Exportación por Cuenta y Orden de Terceros: lo que necesitás saber (Ed. Tarifar, 2020). Combino mi trabajo profesional con la docencia en carreras de grado y posgrado en universidades nacionales, además de seminarios en instituciones intermedias de todo el país y capacitaciones in company para empresas. Participo habitualmente en medios de comunicación con columnas especializadas; actualmente soy columnista en El Cronista (ex La Nación). Vivo mi trabajo como una pasión, aunque lo más importante siempre está fuera de él. Mi frase preferida: “Nunca te des por vencido, porque si lo hacés, viene un chino y te mete en la góndola de los lácteos.” ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont

lunes, 23 de febrero de 2026

Columna Martín Bustamante TV 21.02.2026


 

La Guerra comercial ...después del revés a Trump


Cuando escribí el análisis sobre el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que limitaba los aranceles globales impulsados por Donald Trump, la discusión parecía encaminarse hacia un punto institucional: si el Presidente podía o no utilizar la política comercial como si fuera una herramienta fiscal sin intervención del Congreso.

Sin embargo, el fin de semana mostró algo todavía más relevante. El conflicto no terminó: cambió de plano.

La Corte sostuvo que el Poder Ejecutivo no puede imponer aranceles amplios invocando una “emergencia económica”, porque en los hechos funcionan como un impuesto. En cualquier democracia constitucional, los impuestos corresponden al Poder Legislativo. Pero lejos de retroceder, la reacción política fue inmediata: Trump elevó el arancel global del 10% al 15% y comenzó a buscar nuevos encuadres legales para sostener su política comercial.

En otras palabras, la discusión dejó de ser jurídica y pasó a ser estratégica.

Estados Unidos confirmó que mantendrá sus acuerdos comerciales con la Unión Europea, China y otros socios, pero la suba de aranceles reintrodujo incertidumbre global. El mensaje es claro: aun con límites judiciales, la política comercial seguirá siendo un instrumento central de negociación internacional.

El problema es que el mundo actual no funciona como el del siglo XX. Hoy la producción está fragmentada en cadenas globales de valor. Un producto no pertenece a un país: pertenece a una red. Un avión comercial, por ejemplo, tiene millones de piezas fabricadas por miles de empresas distribuidas en todo el mundo. Subir aranceles no solo afecta a los exportadores extranjeros: encarece los insumos de la propia industria doméstica.

Eso ya empezó a verse. Varias economías asiáticas reaccionaron con cautela, empresas adelantaron exportaciones por temor a nuevas subas y los inversores volvieron a operar con incertidumbre. La política comercial dejó de ser una barrera: pasó a ser una variable financiera.

Un dato interesante surge de los primeros análisis internacionales: el arancel uniforme del 15% podría perjudicar más a los aliados históricos de Estados Unidos —Europa, Japón o el Reino Unido— que a países que ya enfrentaban tarifas elevadas. Paradójicamente, quienes antes pagaban aranceles muy altos ahora ven reducida su brecha relativa, mientras que quienes comerciaban con menores barreras pasan a soportar mayores costos.

Pero para la Argentina la cuestión es todavía más directa.

El reciente Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos con Estados Unidos se apoyaba en la previsibilidad de ese esquema arancelario. Incluía rebajas importantes —incluso la posibilidad de llevar a 0% más de 1.600 posiciones— y un techo cercano al 10%. Al declararse ilegales los aranceles que servían como base jurídica y elevarse simultáneamente el gravamen general al 15%, los beneficios potenciales entran en zona gris: podrían requerir renegociación o, en algunos casos, terminar siendo menos favorables de lo previsto.

La conclusión es importante.
El comercio internacional no está volviendo al proteccionismo clásico. Está entrando en algo distinto: un sistema donde los aranceles funcionan como herramienta de negociación geopolítica.

Y ese es el verdadero cambio.

Para países como Argentina, esto implica algo concreto: ya no alcanza con analizar precios o tipo de cambio. La inserción internacional depende cada vez más de entender la política global.





viernes, 20 de febrero de 2026

Trump contra la Constitución: la Corte le frenó la guerra comercial


La Corte Suprema de los Estados Unidos declaró ilegales los aranceles globales que Donald Trump había impuesto invocando una “emergencia económica”. El mensaje institucional es potente: en Estados Unidos, cerrar la economía no depende solo de la voluntad del presidente. Si un arancel es, en los hechos, un impuesto, debe pasar por el Congreso.

Trump ya respondió que firmará una orden para aplicar un arancel global del 10% bajo la Sección 122 y activar investigaciones bajo la Sección 301. Es decir: la batalla política continúa. Pero el fallo limita el uso expansivo de la IEEPA (International Emergency Economic Powers Act), pensada históricamente para sanciones puntuales —como el bloqueo de activos a Irán—, no para rediseñar todo el régimen arancelario.


Para entender cómo llegamos hasta acá hay que mirar el contexto. Estados Unidos arrastra un déficit comercial persistente. Pero ese rojo no es necesariamente debilidad: es la contracara del rol del dólar como moneda de reserva global. El mundo necesita dólares; Estados Unidos los provee importando más de lo que exporta y financiándose en su propia moneda. Ese “señoreaje” —emitir una moneda que todos demandan— es un privilegio estructural. 


Sin embargo, políticamente el déficit luce como pérdida. Y allí aparece Trump. Los aranceles se dispararon a niveles que superaron incluso los de la década del 30. En abril, con el anuncio de aranceles “recíprocos” del 10% para todos los países y tasas que en algunos casos superaron el 140% sobre bienes chinos, el mundo entró en lógica de guerra comercial.

El problema es que la economía global ya no funciona como en tiempos de David Ricardo. Paul Krugman habla de “desintegración vertical”: las cadenas globales de valor fragmentan la producción. Un avión puede tener millones de piezas fabricadas por cientos de empresas en distintos países. Subir aranceles no solo encarece el bien final importado; también encarece insumos que usan productores domésticos. Tras el 2 de abril, los precios de bienes importados subieron… y los domésticos también. Parte por mayores costos; parte porque, sin competencia externa, el productor local tiene margen para remarcar.

En el medio, el apodo TACO (“Trump Always Chickens Out”) reflejaba las idas y vueltas: anuncio, pausa, reinstauración, excepción, ampliación. México, Canadá, China, acero, aluminio. La montaña rusa regulatoria fue tan relevante como el nivel de los aranceles.

Lo inesperado fue la reacción del mercado. El S&P 500 cayó casi 19% entre febrero y abril, pero luego se recuperó con fuerza. Los inversores apostaron a que la Reserva Federal bajaría tasas —con inflación en torno al 3% y objetivo del 2%— para evitar una desaceleración brusca. Y la liquidez hizo el resto. Incluso en guerra comercial, Estados Unidos siguió siendo refugio.


Un artículo de Greg Ip en The Wall Street Journal planteó una tesis incómoda: bajo su propia definición, Trump estaba “ganando”. Logró que el arancel promedio pasara de menos de 2% a cerca de 13%, recaudó miles de millones y no enfrentó represalias devastadoras. China incluso anunció una tregua parcial y reanudó compras agrícolas estratégicas.

Trump entendió algo real: la política comercial es poder. Y, como explica en The Art of the Deal, su lógica es presionar primero y negociar después. Para él, los aranceles no son un fin en sí mismo sino una herramienta de negociación, una forma de sentarse a la mesa desde la fuerza. Avanzar y retroceder, no es contradicción: es parte del método. Generar presión, crear incertidumbre, forzar al otro a moverse primero.

Lo que cambió ahora no es la estrategia, sino el marco. La Justicia dejó claro que en Estados Unidos incluso la guerra comercial tiene límites constitucionales. Que invocar una “emergencia” no habilita a rediseñar el sistema arancelario sin el Congreso. Que si el arancel funciona como impuesto, debe pasar por el Poder Legislativo.

Eso no significa que los aranceles desaparezcan. Significa que el margen de maniobra unilateral se achica. Y tratándose de Trump, eso no implica retirada: implica nuevo capítulo.

Para Argentina —que tiene a Estados Unidos como socio comercial clave junto con Brasil y China— lo que ocurra en Washington no es un debate académico. Es parte del escenario en el que vendemos, compramos y nos financiamos.

La guerra comercial no terminó. Pero quedó claro que el presidente no es el único jugador en la mesa. En la lógica de Trump, la negociación continúa. En la lógica institucional estadounidense, el poder tiene contrapesos.

Como en las películas: continuará.

 


Adios al dueño de la barrera - Columna publicada en Tarifar 20.02.2026

 

 

Durante años importar en Argentina no fue una actividad económica normal.
Fue un sistema de permisos.

No se competía por eficiencia, logística o precio: primero había que poder entrar.
Capacidad Económica Financiera, aprobaciones que no llegaban y pagos del BCRA sin fecha convertían cada operación en una apuesta

El resultado fue un mercado con pocos jugadores y márgenes altos, donde muchas veces importar era, en la práctica, comprar dólares baratos en forma de mercadería

Ese esquema empezó a cambiar.
Hoy el negocio se parece más a lo que debería haber sido siempre:
rotar más rápido, bajar márgenes y competir por precio y servicio

No es un tema ideológico.
Es entender por qué en Argentina durante años el problema no fue solo la apertura o el cierre, sino los incentivos del sistema.

Dejo el artículo completo acá 👇


https://web.tarifar.com/adios-al-dueno-de-la-barrera-importar-en-la-argentina-que-cambia/

Columna 20.02.2026 - Radio Universidad Nacional del Sur

 

jueves, 19 de febrero de 2026

FATE, la vieja tentación de cerrar y el costo invisible de proteger

 

En Argentina cada vez que una fábrica anuncia suspensiones o cierre el reflejo es inmediato: “son las importaciones”. El caso de FATE volvió a activar ese mecanismo automático. Es cierto que las importaciones aumentaron: entre 2023 y 2025 crecieron 27% en cantidad y, en neumáticos, prácticamente se duplicaron. También es cierto que tenemos cerca de un millón de desocupados, con una tasa del 7,7% según el INDEC, y que si sumamos subocupación y personas que buscan trabajar más horas la presión laboral ronda el 30%. El cuadro social es delicado. Pero de ahí a concluir que todo cierre es culpa de las importaciones hay un salto que no resiste demasiado análisis.

Argentina arrastra problemas más profundos que un contenedor que entra por el puerto. Falta de competitividad sistémica, costos logísticos elevados, presión tributaria alta, financiamiento caro, inestabilidad macroeconómica y una economía que no termina de despegar. Las empresas operan con márgenes ajustados en un contexto que aprieta por todos lados. En ese escenario, cuando el consumo no crece y la productividad no mejora, cualquier shock externo se vuelve más visible. Pero el origen no siempre está afuera.

Si efectivamente hubiera un aumento significativo de importaciones que causara o amenazara causar un daño grave a toda la rama industrial (Fate no es la única fábrica de neumáticos en el país)—no a una empresa aislada— el Estado dispone de instrumentos previstos en la OMC, como las salvaguardias. Son medidas temporales, excepcionales, con plazo máximo inicial de cuatro años y eventualmente prorrogables hasta ocho, que deben revisarse y liberalizarse progresivamente. No son un cierre permanente de la economía sino una muleta transitoria para facilitar el ajuste. Si no se recurre siquiera a ese mecanismo y la decisión es directamente bajar la persiana, tal vez el problema sea más estructural que coyuntural.

En paralelo, suele instalarse el discurso del “compre nacional” como si defender producción a cualquier costo fuera siempre la respuesta correcta. Pero en la otra punta del ovillo están los consumidores, que muchas veces pagan precios tres o cuatro veces superiores al internacional. Nadie quiere trabajadores en la calle ni familias angustiadas. Pero cuando para sostener un sector obligamos a millones de personas a pagar sobreprecios permanentes, la economía en su conjunto pierde eficiencia. El empleo que se preserva debería al menos compensar el empleo potencial que podría generarse si ese sobrecosto quedara en el bolsillo de los consumidores y se volcara a otras actividades. Si no, estamos redistribuyendo mal y frenando crecimiento.

La discusión además suele cargarse de comparaciones simplistas. Se repite que “Estados Unidos se cierra y nosotros nos abrimos”. Es una falacia. El Mercosur tiene un arancel externo común promedio cercano al 14%, históricamente alto. Estados Unidos fue durante décadas una de las economías más abiertas, con aranceles promedio cercanos al 2%, y aun con los aumentos recientes sus niveles convergen hacia cifras parecidas a las nuestras, no muy superiores. No estamos frente a una economía ingenuamente abierta contra otra blindada; estamos discutiendo márgenes de política comercial dentro de un mundo donde todos ajustan.

La economía política ayuda a entender por qué el debate se repite. Anne Krueger explicó en “The Rent-Seeking Society” que cuando el Estado crea barreras artificiales aparecen grupos organizados cuyo negocio deja de ser competir y pasa a ser capturar renta. No invierten para ser mejores; invierten en lobby para mantener privilegios. Argentina vivió años de importaciones cerradas donde florecieron estas conductas: pocos ganaban mucho, millones pagaban poco cada uno, pero en conjunto pagaban demasiado.

La caricatura histórica es brutal. En los años 70 la Cámara Argentina de la Industria Electrónica llegó a pedir que no se introdujera la televisión en color para proteger la producción local. Esa lógica es la que Krueger advertía: cuando la política comercial se convierte en herramienta de renta, la sociedad pierde dinamismo y crecimiento.

Nada de esto implica ignorar el impacto humano. Las transformaciones económicas no pueden desentenderse de las personas. Un gobierno que desregula debería, al mismo tiempo, impulsar programas de reconversión productiva y capacitación laboral. No se trata de abandonar sectores de un día para otro, sino de acompañar transiciones hacia actividades más sostenibles en el tiempo.

El caso FATE no debería convertirse en un eslogan a favor o en contra de las importaciones. Debería servir para discutir algo más profundo: cómo construir competitividad real, cómo repartir mejor los costos de las transiciones y cómo evitar que la protección se transforme en renta permanente. Porque sin reformas estructurales, el problema persiste,


lunes, 16 de febrero de 2026

El peso fuerte que nadie está mirando


 


En Argentina hoy pasa algo que, a primera vista, parece contradictorio: hay inflación todavía alta, el Banco Central ajusta las bandas cambiarias de acuerdo con ese índice, y sin embargo el peso se sigue apreciando en términos reales. No es un error estadístico. Es una tensión macroeconómica que merece ser entendida con calma.

El esquema actual establece que si sube la inflación, se mueven las bandas de flotación del dólar. Pero hay un detalle decisivo: lo que se ajusta son las bandas, no el precio efectivo del dólar. El tipo de cambio no vale la banda superior ni la inferior; vale lo que el mercado está dispuesto a pagar dentro de ese corredor. Y hoy el mercado está operando muy por debajo del techo. Con una banda superior cercana a 1584 y un dólar en torno a 1400, el mensaje es claro: las fuerzas de mercado están empujando hacia abajo.

¿Por qué? Porque entran dólares. Porque el dólar global está débil. Porque el Banco Central compra reservas. Porque hay flujos financieros que buscan rendimiento. El resultado es que, aun con inflación mensual significativa, el tipo de cambio nominal no acompaña plenamente esa dinámica. Y cuando los precios internos suben más rápido que el dólar de mercado, el peso se aprecia en términos reales.

Es, en algún punto, como una carrera despareja: el dólar nada perrito en el centro de la pileta mientras la inflación corre por el borde a toda velocidad. Aunque ambos avancen, no lo hacen al mismo ritmo. Y cuando eso ocurre, el resultado no es equilibrio; es apreciación real.

Eso no es una metáfora exagerada. El índice de tipo de cambio real multilateral del BCRA muestra que Argentina se está encareciendo frente al mundo en su conjunto y con respecto a varios de sus socios comerciales, especialmente Estados Unidos,  Brasil y China.  Aquí aparece una verdad incómoda: la inflación no deteriora automáticamente el tipo de cambio real bajo un régimen que ajusta bandas. Lo que lo deteriora es la combinación de inflación elevada con un dólar de mercado que se mueve menos que ese ajuste teórico. El ajuste por índice es condición necesaria, pero no suficiente. Si la inflación corre al 3% mensual y el dólar efectivo sube menos, el tipo de cambio real cae. Y eso es lo que está ocurriendo.

Ahora sumemos otra capa de complejidad. El IPC actual se calcula con una canasta que subpondera servicios respecto de su peso real en el gasto actual de los hogares. Un nuevo IPC, con mayor incidencia de servicios y tarifas —que vienen aumentando por encima del promedio— podría arrojar una inflación más alta. Técnicamente más representativa. Políticamente más desafiante.

Si ese nuevo índice mostrara una inflación superior, las bandas cambiarias deberían ajustarse más rápido. Pero el problema no es solo nominal. Una inflación más alta también podría reactivar expectativas, alimentar indexación salarial y reforzar el pass-through cambiario. En ese escenario, la inflación no solo presiona sobre las bandas; presiona sobre todo el equilibrio macro. Y mientras tanto, si el dólar de mercado no acompaña en igual proporción, el peso seguiría apreciándose en términos reales.

Es aquí donde la advertencia dePaul Krugman cobra sentido. En distintos análisis sobre programas de estabilización con tipo de cambio administrado, Krugman señala que cuando una economía contiene el dólar nominal mientras los precios internos no convergen lo suficientemente rápido, se acumula apreciación real. Esa apreciación erosiona competitividad, estimula importaciones y obliga a sostener el equilibrio externo con entrada constante de capitales. Mientras el flujo entra, el esquema funciona. Cuando las expectativas cambian, el ajuste puede ser brusco.

No es una profecía automática. Argentina hoy tiene superávit fiscal, acumulación de reservas y un esquema monetario contractivo. Pero la pregunta relevante no es si el dólar está tranquilo hoy. El problema no es el dólar nominal; es el tipo de cambio real acumulado.

El verdadero riesgo no es que el dólar no suba. El riesgo es que el peso se fortalezca demasiado en términos reales mientras la inflación aún no está completamente domada. Una economía que se encarece en dólares mientras intenta desinflar camina por una cornisa delicada: celebra el dato mensual, pero erosiona su competitividad silenciosamente.

Y la apreciación real, en una economía que depende del comercio exterior y de la competitividad regional, nunca es un dato neutro.

Tal vez el verdadero termómetro no sea solo el IPC del mes, sino el tipo de cambio real que se va moviendo mientras miramos otro número. Porque cuando la inflación deja de ser explosiva pero el peso se vuelve caro frente al mundo, la pregunta ya no es cuánto subieron los precios. La pregunta es cuánto nos estamos encareciendo sin notarlo.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Columna Martin Bustamante TV: Actualidad del comercio exterior y economía 14.02.2026




👋 Hola a todos, Hoy iniciamos una nueva etapa en Martín Bustamante TV, donde comenzamos a compartir una mirada clara y actual sobre cómo está el comercio exterior argentino y cuál es la situación real de nuestras PyMEs en este contexto. Como líderes en lo que hacemos, asumimos el compromiso de acompañar a las empresas leyendo el escenario económico y normativo para que puedan tomar decisiones informadas y concretar con éxito sus compras y ventas al exterior. Les compartimos la entrevista...👇

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