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Soy Contador Público Nacional (UNL), Especialista en Comercio Exterior (UNR), Magíster en Economía Aplicada (Universidad Austral) y Despachante de Aduana. Me desempeño como inversor profesional (ICB) y soy titular de DMF Comercio Exterior. Escribí tres libros que buscan, sobre todo, insertar personas y empresas en la exportación: Teoría y Práctica de la Exportación por Cuenta y Orden de Terceros (Ed. Librería Cívica, 2013). Comercio Exterior para No Especialistas (Ed. Tarifar, 2015). Exportación por Cuenta y Orden de Terceros: lo que necesitás saber (Ed. Tarifar, 2020). Combino mi trabajo profesional con la docencia en carreras de grado y posgrado en universidades nacionales, además de seminarios en instituciones intermedias de todo el país y capacitaciones in company para empresas. Participo habitualmente en medios de comunicación con columnas especializadas; actualmente soy columnista en El Cronista (ex La Nación). Vivo mi trabajo como una pasión, aunque lo más importante siempre está fuera de él. Mi frase preferida: “Nunca te des por vencido, porque si lo hacés, viene un chino y te mete en la góndola de los lácteos.” ¡Bienvenidos! 📘 Blog de Comercio Exterior: www.diegodumont.blogspot.com 🐦 Twitter/X: @diego_dumont

lunes, 16 de febrero de 2026

El peso fuerte que nadie está mirando


 


En Argentina hoy pasa algo que, a primera vista, parece contradictorio: hay inflación todavía alta, el Banco Central ajusta las bandas cambiarias de acuerdo con ese índice, y sin embargo el peso se sigue apreciando en términos reales. No es un error estadístico. Es una tensión macroeconómica que merece ser entendida con calma.

El esquema actual establece que si sube la inflación, se mueven las bandas de flotación del dólar. Pero hay un detalle decisivo: lo que se ajusta son las bandas, no el precio efectivo del dólar. El tipo de cambio no vale la banda superior ni la inferior; vale lo que el mercado está dispuesto a pagar dentro de ese corredor. Y hoy el mercado está operando muy por debajo del techo. Con una banda superior cercana a 1584 y un dólar en torno a 1400, el mensaje es claro: las fuerzas de mercado están empujando hacia abajo.

¿Por qué? Porque entran dólares. Porque el dólar global está débil. Porque el Banco Central compra reservas. Porque hay flujos financieros que buscan rendimiento. El resultado es que, aun con inflación mensual significativa, el tipo de cambio nominal no acompaña plenamente esa dinámica. Y cuando los precios internos suben más rápido que el dólar de mercado, el peso se aprecia en términos reales.

Es, en algún punto, como una carrera despareja: el dólar nada perrito en el centro de la pileta mientras la inflación corre por el borde a toda velocidad. Aunque ambos avancen, no lo hacen al mismo ritmo. Y cuando eso ocurre, el resultado no es equilibrio; es apreciación real.

Eso no es una metáfora exagerada. El índice de tipo de cambio real multilateral del BCRA muestra que Argentina se está encareciendo frente al mundo en su conjunto y con respecto a varios de sus socios comerciales, especialmente Estados Unidos,  Brasil y China.  Aquí aparece una verdad incómoda: la inflación no deteriora automáticamente el tipo de cambio real bajo un régimen que ajusta bandas. Lo que lo deteriora es la combinación de inflación elevada con un dólar de mercado que se mueve menos que ese ajuste teórico. El ajuste por índice es condición necesaria, pero no suficiente. Si la inflación corre al 3% mensual y el dólar efectivo sube menos, el tipo de cambio real cae. Y eso es lo que está ocurriendo.

Ahora sumemos otra capa de complejidad. El IPC actual se calcula con una canasta que subpondera servicios respecto de su peso real en el gasto actual de los hogares. Un nuevo IPC, con mayor incidencia de servicios y tarifas —que vienen aumentando por encima del promedio— podría arrojar una inflación más alta. Técnicamente más representativa. Políticamente más desafiante.

Si ese nuevo índice mostrara una inflación superior, las bandas cambiarias deberían ajustarse más rápido. Pero el problema no es solo nominal. Una inflación más alta también podría reactivar expectativas, alimentar indexación salarial y reforzar el pass-through cambiario. En ese escenario, la inflación no solo presiona sobre las bandas; presiona sobre todo el equilibrio macro. Y mientras tanto, si el dólar de mercado no acompaña en igual proporción, el peso seguiría apreciándose en términos reales.

Es aquí donde la advertencia dePaul Krugman cobra sentido. En distintos análisis sobre programas de estabilización con tipo de cambio administrado, Krugman señala que cuando una economía contiene el dólar nominal mientras los precios internos no convergen lo suficientemente rápido, se acumula apreciación real. Esa apreciación erosiona competitividad, estimula importaciones y obliga a sostener el equilibrio externo con entrada constante de capitales. Mientras el flujo entra, el esquema funciona. Cuando las expectativas cambian, el ajuste puede ser brusco.

No es una profecía automática. Argentina hoy tiene superávit fiscal, acumulación de reservas y un esquema monetario contractivo. Pero la pregunta relevante no es si el dólar está tranquilo hoy. El problema no es el dólar nominal; es el tipo de cambio real acumulado.

El verdadero riesgo no es que el dólar no suba. El riesgo es que el peso se fortalezca demasiado en términos reales mientras la inflación aún no está completamente domada. Una economía que se encarece en dólares mientras intenta desinflar camina por una cornisa delicada: celebra el dato mensual, pero erosiona su competitividad silenciosamente.

Y la apreciación real, en una economía que depende del comercio exterior y de la competitividad regional, nunca es un dato neutro.

Tal vez el verdadero termómetro no sea solo el IPC del mes, sino el tipo de cambio real que se va moviendo mientras miramos otro número. Porque cuando la inflación deja de ser explosiva pero el peso se vuelve caro frente al mundo, la pregunta ya no es cuánto subieron los precios. La pregunta es cuánto nos estamos encareciendo sin notarlo.

 

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