La historia económica suele escribirse en bifurcaciones. Y la Argentina, otra vez, está parada frente a una de ellas. El acuerdo de Comercio e Inversión Recíproco firmado el 5 de febrero de 2026 entre la Argentina y los Estados Unidos alimenta una narrativa potente: la del regreso al mundo tras años de aislamiento. Pero, como casi todo en economía, también admite una lectura opuesta. ¿Estamos ante el comienzo de un milagro o ante una calma engañosa?
La mirada optimista
Desde el oficialismo, el acuerdo se presenta como un hito
histórico. No es menor: Estados Unidos es la principal economía del planeta y
el mayor importador del mundo. El entendimiento —aún pendiente de ratificación
del Congreso— promete eliminar barreras de acceso para 1.675 productos
argentinos, con un impacto estimado de más de USD 1.000 millones adicionales en
exportaciones.
El sector más celebrado es el cárnico. La ampliación de la
cuota de acceso preferencial a 100.000 toneladas anuales de carne bovina
implica un salto de 80.000 toneladas adicionales en 2026, lo que podría
traducirse en casi USD 800 millones extra de exportaciones. Para ponerlo en
perspectiva: es cerca del 10% de todo lo exportado en carne en 2025,
concentrado en un solo rubro. Un empujón fuerte, rápido y visible.
Del lado de las concesiones, la letra chica muestra que la
Argentina elimina aranceles para 221 productos estadounidenses —máquinas,
dispositivos médicos, químicos— y reduce al 2% los de algunas autopartes. La
apuesta oficial es clara: abaratar insumos y bienes de capital para ganar
competitividad sistémica, aunque eso implique más competencia externa para la
industria local.
El acuerdo, además, no se queda en el intercambio de bienes.
En inversiones, aparecen dos jugadores clave: el Export–Import Bank of the
United States y la U.S. International Development Finance Corporation. No
compran empresas ni ponen capital de riesgo puro, pero sí financian, aseguran y
respaldan proyectos del sector privado estadounidense en países en desarrollo.
En la agenda: litio, cobre, energía e infraestructura, con Estados Unidos
buscando asegurarse un lugar preferencial en minerales críticos.
A eso se suma un costado “siglo XXI”: comercio digital,
fintech, startups y un compromiso argentino de elevar estándares de propiedad
intelectual, incluyendo el envío al Congreso del Tratado de Cooperación en
Materia de Patentes (PCT). Para atraer tecnología, reglas claras en patentes no
son un lujo: son condición necesaria.
Lo que no se consiguió
No todo es apertura. En acero y aluminio, sectores
estratégicos para Washington, el acuerdo no elimina los aranceles heredados de
la era Trump: solo promete “revisarlos oportunamente”. En la práctica, el 50%
puede seguir vigente. Señal de que, aun en los grandes acuerdos, hay límites
cuando entran en juego intereses sensibles.
La mirada pesimista
La otra cara la puso sobre la mesa Paul Krugman a fines de
2025. En un artículo muy crítico, describió a la “mileinomics” como un castillo
construido sobre arena. Su diagnóstico es conocido: una terapia de shock fiscal
que genera un costo social elevado, desempleo en máximos de varios años y una
confianza inversora frágil.
Krugman traza un paralelismo inquietante con los años
setenta: fuerte devaluación inicial, luego un tipo de cambio que se mueve más
lento que los precios para anclar inflación, y una moneda que se aprecia en
términos reales. El resultado —advierte— es una economía cada vez más cara en
dólares, exportaciones que pierden competitividad, importaciones tentadoras y
una dependencia creciente del endeudamiento externo.
En ese marco, el Nobel cuestiona el respaldo de Washington. Lo define como un rescate ideológico: no para salvar a la Argentina, sino para sostener la credibilidad internacional de un modelo de libre mercado radical que tiene en Javier Milei a su principal exponente. El acuerdo, sugiere, funciona más como trofeo político que como solución estructural, y encima debe pasar por el Congreso, donde nada está garantizado.
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